sábado, 14 de julio de 2012

Tecnología y Decadencia Humanas [Javier J. León]



El progreso técnico y científico, creciendo cada vez más vertiginosamente, ha dado un nuevo enfoque al problema del hombre ensombreciendo, paradójicamente, el misterio que lo envuelve. Toda esta serie de avances han situado al hombre en un mundo desmesuradamente grande, compuesto por cien mil millones de galaxias que, a su vez, están compuestas por cien mil millones de estrellas y no sé cuántos mundos diferentes1. Pero al mismo tiempo, el progreso científico ha “engrandecido” al hombre al grado de poder decir que es capaz de sondear hasta los más recónditos límites del macro y microcosmos, del Tera al Nanouniverso; análogo a la filosofía de Bacon y sus sucesores para quienes el moderno – y en nuestro caso, el postmoderno – es el verdadero merecedor de elogios y no los verdaderos sabios en quienes fundamentamos nuestro conocimiento actual de la naturaleza y el mundo (Calinescu, 1991: 34). Cuanto más engrandece la ciencia al Universo, tanto más se engrandecen los medios de su penetración y de su “dominio”; y es precisamente el progreso de estos instrumentos experimentales y teóricos la causa que permite la ampliación de nuestro mundo, conduciéndonos así a un progresivo empequeñecimiento del hombre: “la cultura que perdió hace tiempo el genio de su origen, se convierte en afectación, ahoga la espontaneidad de sus miembros y arruina en consecuencia su capacidad de renovarse” (Hernández-Pacheco, 1995: 167).
Así pues, la paradoja del hombre – tan evidente a la luz de la ciencia contemporánea – no es más que la misma que lo ha aquejado durante siglos y siglos: pequeño y limitado en su ser físico, pero ilimitado e infinito en sus posibilidades de conocimiento y aspiraciones; infinitamente pequeño en sí mismo pero anhelante de alcanzar lo infinitamente grande. No soporta ser el enano montado en hombros de gigantes... Pero ¿cuál es el origen de esta paradoja y cómo podemos tener acceso al misterio del hombre? Un breve análisis de los factores fundamentales del progreso técnico y científico en su desarrollo histórico tal vez nos permita ponernos sobre la pista para encontrar dicha clave. Bien dijo Freud (1926 [1925]): “Si no podemos ver claro, al menos veamos mejor las oscuridades” (p. 61).
Es innegable que, en la humanidad primitiva, la invención técnica surge bajo la presión de las más urgentes necesidades vitales: comer, beber, protegerse de la intemperie y de la fauna salvaje. Así, la humanidad halló pronto los medios rudimentarios y suficientes para su subsistencia, sin los cuales pronto hubiese perecido en su lucha por sobrevivir. Conforme el hombre fue sedentarizándose, los avances técnicos comenzaron a ser cada vez más evidentes, principalmente en materia de construcción de viviendas (igloos, cabañas de diversos materiales…). Pero dicha satisfacción habría de alcanzar pronto su saturación y el impulso de progreso tomaría un lugar preponderante sobre aquellas necesidades básicas. Algunos historiadores y sociólogos afirman que este salto fue dado en el mismo momento en que el hombre primitivo, lleno de terror ante la naturaleza misteriosa e incomprensible, tendió a ver en cada objeto o fenómeno la presencia de un espíritu. Sin embargo, si bien el animismo y la magia pudieron haber favorecido el desarrollo de una técnica rudimental por la fabricación de los instrumentos necesarios para los rituales sagrados, más bien devinieron en una grave barrera contra el proceso científico. El animismo, de hecho, desarrolla en el hombre primitivo tal respeto y terror de los seres de la naturaleza que lo imposibilita para echar mano de ellos sin una absoluta necesidad. He ahí una de las raíces de la negación religiosa de los instintos y las pasiones a la que Nietzsche tanto critica:

Todo naturalismo en la moral, es decir, toda moral sana está regida por un instinto de vida […] La moral contranatural, es decir, casi toda moral hasta ahora enseñada, venerada y practicada se dirige, por el contrario, precisamente contra los instintos de la vida; es una condena, a veces encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos (Ladrón, s/f: 2).

En contraste, el hombre también logró cierta afinidad entre las obras de la naturaleza y su propia actividad. Así es que, seguramente, surgieron el arte y la técnica concebidas como imitación de la naturaleza, alejándose más y más de las antiguas formas artísticas destinadas a la idolatría y a la compensación del uso de recursos terrenales característicos, principalmente, del arte prehistórico y egipcio. Pero la experiencia nos muestra que el plagiarla, con frecuencia nos conduce a la catástrofe. Nietzsche (1878) afirma sobre los artistas que “la vocación de casi todos los hombres, incluso los artistas, comienza por hipocresía, por la imitación de lo exterior, por copiar lo que causa efecto” (p. 28). El caso de Ícaro es el que probablemente ejemplifique mejor tal hecho. A partir de lo anterior, podemos inferir que la ciencia y la técnica pueden sacar de la naturaleza y la observación directa la primera inspiración para sus descubrimientos pero, para que éstos lleguen a progresar, es necesario apartarse de la naturaleza por vías nuevas, mismas que ella nos muestra y nos negamos a observar conscientemente.
Sin duda, durante muchos siglos, los hombres primitivos hicieron girar troncos de árbol antes de que a alguno se le ocurriera la idea de cortar una sección del mismo tronco para obtener la rueda; tenemos así un primer proceso de abstracción, mismo que da lugar a un sistema técnico que podría definirse como semiartificial, pues aún está íntimamente relacionado con la naturaleza. Conforme pasó el tiempo, el hombre percibió los defectos de este sistema y se encaminó a una segunda abstracción, creadora de una técnica netamente artificial. Así es que surgen las ruedas de hierro y otros materiales, apartándose cada vez más del modelo ofrecido por el mundo natural. Toda esta serie de abstracciones cada vez más complicadas son las que condujeron al hombre hacia la civilización. Los grandes pueblos civiles de la antigüedad han sido aquellos en los cuales el dominio de la idea y la razón sobre las exigencias materiales, vitales y económicas ha prevalecido. Y qué mejor ejemplo que la civilización greco-romana, y más específicamente la latino-cristiana, misma que llegó a desarrollarse hasta alcanzar la ciencia moderna. En este logro, el elemento determinante es el factor espiritual e ideal, la concepción preponderante de la naturaleza y de la vida en perfecta homeostasis entre la tendencia especulativa del conocimiento y la tendencia práctica de la acción. Cuando los intelectuales de determinado pueblo se interesan exclusivamente en la teoría, en la filosofía y en la dialéctica, la ciencia – en sentido moderno – y la técnica permanecerán estancadas, justo como sucedió con el orfismo y el platonismo griego, y más claramente, con la civilización bizantina. El ideal humano se sitúa en la mera contemplación, despreciando la realidad material y todos los valores terrestres, como si el hombre no estuviera compuesto tanto de alma como de cuerpo. Así es que se pierde un ideal que podría denominarse prometeico en aras de otro netamente apolíneo. Incluso el Código Bushido plantea esta problemática y afirma que la única solución posible es el saber morir en cada instante de nuestra vida, vivir el instante, el aquí y ahora; sumirse en el eterno presente en vez de abandonar el campo de batalla cotidiano2. En contraste, el serio e incesante progreso científico halla su impulso y explicación únicamente en el reconocimiento teórico y práctico de la naturaleza dual del hombre como compuesto esencial de materia y espíritu. Tal vez esta es la clave para la solución del misterio del hombre… Así pues, el pensamiento, sustraído a las condiciones esenciales de cada acción material, es necesariamente una actividad inmaterial y puramente espiritual. Únicamente lo inmaterial puede ser capaz de conocer y conocerse a sí mismo por reflexión completa sobre el propio acto y sobre la propia naturaleza: cogito ergo sum. Hegel (1981) decía que la autoconsciencia se presenta fuera del sí mismo:

[…] en primer lugar, la autoconciencia se ha perdido a sí misma, pues se encuentra como otra esencia; en segundo lugar, con ello ha superado a lo otro, pues no ve tampoco a lo otro como esencia, sino que se ve a sí misma en lo otro (p. 113).

Es cierto que la humanidad tiene hoy entre sus manos los instrumentos capaces de dar al mundo ventajas impresionantes a los fines del bienestar y de la felicidad material y espiritual, todo en aras de librarse de la presión de la necesidad y la miseria. Pero, al mismo tiempo, también tiene los instrumentos capaces de su propia autodestrucción. El inicio de una tercera guerra mundial podría representar el fin de la humanidad, misma que caería víctima de su propio progreso técnico y científico. Marshall Berman (1988) menciona que “algunos tipos muy importantes de sentimientos humanos mueren cuando nacen las máquinas” (p. 12). Entonces, ¿Deberíamos condenar este progreso e imprecar contra la ciencia como el peor enemigo de la humanidad? ¿Es acaso posible detenerlo, volver todo atrás a un tiempo primitivo donde prescindíamos de máquinas y laboratorios? Considero esta mera hipótesis un tanto absurda, pues la humanidad caería en el caos y sería fácilmente aniquilada por las epidemias y toda una serie de desgracias a las que ya no estamos acostumbrados como en siglos pasados. Aún podemos sentir cierta nostalgia de carácter romántico por un pasado sin ciencia ni técnica, pero el estado actual del mundo no haría aquello factible de ningún modo. Entonces, ¿Cómo es que podemos evitar tal autodestrucción, física y espiritualmente hablando?
Con el progreso científico y técnico, la humanidad ha visto crecer de manera desmesurada su cuerpo y sus fuerzas físicas; si deseamos sobrevivir, debemos desarrollar en forma proporcional nuestras fuerzas y energías espirituales y morales, dicho esto último en un sentido estrictamente nietzscheano3. En resumen, el hombre es un organismo complejo y su bien total exige un desarrollo orgánico y armónico de todos sus miembros y facultades. El desarrollo sin medida de un solo órgano podría derivar en un desequilibrio total que atentaría contra la vida del organismo como una entidad compleja.
La arrogancia y voracidad características del hombre actual no están sino llevándonos a la pérdida de ese equilibrio tan necesario entre lo físico y lo espiritual; si es que no logramos controlarlo, nuestro fin como civilización llegará antes de lo que esperamos y la capacidad de razonamiento característica del ser humano no habrá tenido utilidad alguna. ¿Qué sentido tiene hablar de una autoconciencia si pronto no existirá ese otro que nos la confirme? ¿El único fin de la tecnología manufacturada por el mismo hombre es el propio autoexterminio? Sólo tiempo y circunstancia nos dirán si el desenlace de esta problemática será en beneficio o en detrimento de la civilización como la conocemos pues lo expuesto en este breve ensayo no es producto sino de una opinión netamente subjetiva y claramente fundamentada en la experiencia personal y el análisis de varios pensadores anteriores que, como un servidor, encuentran preocupante y alarmante la situación actual de un mundo en decadencia.



NOTAS

1 El calendario cósmico, popularizado en la obra Los Dragones del Edén de Carl Sagan, es perfecto ejemplo de ello: la historia de la humanidad entera ocupa apenas un día en comparación con las edades del Universo.

2 Resulta interesante observar como una gran cantidad de autores tales como Georges Bataille, e incluso Octavio Paz, han retomado esta filosofía, entregándola en las inexpertas manos del occidental.

3 Es de todos conocida la doctrina de Nietzsche, que pone la voluntad de poder como fundamento y norma de la actividad humana. En la historia, según este autor, se han realizado dos éticas, a saber, la de los dueños o señores y la del rebaño. La ética del dueño o señor era el ideal de la antigüedad clásica, cuya virtud se centraba en la virilidad, la afirmación, el valor físico y moral, el dominio de sí mismo y de los otros. En cambio, la ética del rebaño, derivada del pueblo hebreo, ponía la moral en el espíritu de sumisión y servilismo, que no es sino la necesidad de auxilio y confesión de debilidad; el amor del peligro y el deseo de potencia fueron sustituidos por el deseo de paz y seguridad, la fuerza por la astucia y el orgullo por la compasión. El débil se alza contra el libre y el potente mediante ídolos y condenación moral, pero el hombre superior debe burlarse de ello y proclamar la muerte de Dios, afirmando con mayor intensidad su libertad y voluntad de poder.



Referencias

  • Berman, M. (1988). Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Madrid: Siglo XXI.
  • Calinescu, M. (1991). Cinco caras de la modernidad. Madrid: Tecnos.
  • Freud, S. (1926 [1925]). Inhibición, síntoma y angustia. Obras Completas [SE, Tomo XX]. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Hegel, G.W.F. (1807). Fenomenología del Espíritu. México: FCE.
  • Hernández-Pacheco, J. (1995). La conciencia romántica. Madrid: Tecnos.
  • Ladrón, S. (s/f). Crepúsculo de los Ídolos. Introducción a la Filosofía de Nietzsche en A Parte Rei, Revista de Filosofía.
  • Nietzsche, F. (1878). Humano, demasiado Humano. México: Edtitores Mexicanos Unidos.
  • __________ (1932 [Obra póstuma]). La Voluntad de Dominio. Obras Completas [Tomo VIII]. Madrid: Libera los Libros.
  • ___________ (1887). La Genealogía de la Moral. España: Edición Digital.



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