El progreso técnico y
científico, creciendo cada vez más vertiginosamente, ha dado un nuevo enfoque
al problema del hombre ensombreciendo, paradójicamente, el misterio que lo
envuelve. Toda esta serie de avances han situado al hombre en un mundo
desmesuradamente grande, compuesto por cien mil millones de galaxias que, a su
vez, están compuestas por cien mil millones de estrellas y no sé cuántos mundos
diferentes1. Pero al mismo tiempo, el
progreso científico ha “engrandecido” al hombre al grado de poder decir que es
capaz de sondear hasta los más recónditos límites del macro y microcosmos, del Tera
al Nanouniverso; análogo a la filosofía de Bacon y sus sucesores para quienes
el moderno – y en nuestro caso, el postmoderno – es el verdadero merecedor de
elogios y no los verdaderos sabios en quienes fundamentamos nuestro
conocimiento actual de la naturaleza y el mundo (Calinescu, 1991: 34). Cuanto
más engrandece la ciencia al Universo, tanto más se engrandecen los medios de
su penetración y de su “dominio”; y es precisamente el progreso de estos
instrumentos experimentales y teóricos la causa que permite la ampliación de
nuestro mundo, conduciéndonos así a un progresivo empequeñecimiento del hombre:
“la cultura que perdió hace tiempo el genio de su origen, se convierte en
afectación, ahoga la espontaneidad de sus miembros y arruina en consecuencia su
capacidad de renovarse” (Hernández-Pacheco, 1995: 167).
Así pues,
la paradoja del hombre – tan evidente a la luz de la ciencia contemporánea – no
es más que la misma que lo ha aquejado durante siglos y siglos: pequeño y
limitado en su ser físico, pero ilimitado e infinito en sus posibilidades de
conocimiento y aspiraciones; infinitamente pequeño en sí mismo pero anhelante
de alcanzar lo infinitamente grande. No soporta ser el enano montado en hombros
de gigantes... Pero ¿cuál es el origen de esta paradoja y cómo podemos tener
acceso al misterio del hombre? Un breve análisis de los factores fundamentales
del progreso técnico y científico en su desarrollo histórico tal vez nos permita
ponernos sobre la pista para encontrar dicha clave.
Bien dijo Freud (1926 [1925]): “Si no podemos ver claro, al menos veamos mejor
las oscuridades” (p. 61).
Es
innegable que, en la humanidad primitiva, la invención técnica surge bajo la
presión de las más urgentes necesidades vitales: comer, beber, protegerse de la
intemperie y de la fauna salvaje. Así, la humanidad halló pronto los medios
rudimentarios y suficientes para su subsistencia, sin los cuales pronto hubiese
perecido en su lucha por sobrevivir. Conforme el hombre fue sedentarizándose,
los avances técnicos comenzaron a ser cada vez más evidentes, principalmente en
materia de construcción de viviendas (igloos, cabañas de diversos materiales…).
Pero dicha satisfacción habría de alcanzar pronto su saturación y el impulso de
progreso tomaría un lugar preponderante sobre aquellas necesidades básicas.
Algunos historiadores y sociólogos afirman que este salto fue dado en el mismo
momento en que el hombre primitivo, lleno de terror ante la naturaleza
misteriosa e incomprensible, tendió a ver en cada objeto o fenómeno la
presencia de un espíritu. Sin embargo, si bien el animismo y la magia pudieron
haber favorecido el desarrollo de una técnica rudimental por la fabricación de
los instrumentos necesarios para los rituales sagrados, más bien devinieron en
una grave barrera contra el proceso científico. El animismo, de hecho, desarrolla
en el hombre primitivo tal respeto y terror de los seres de la naturaleza que
lo imposibilita para echar mano de ellos sin una absoluta necesidad. He ahí una
de las raíces de la negación religiosa de los instintos y las pasiones a la que
Nietzsche tanto critica:
Todo
naturalismo en la moral, es decir, toda moral sana está regida por un instinto
de vida […] La moral contranatural, es decir, casi toda moral hasta ahora
enseñada, venerada y practicada se dirige, por el contrario, precisamente
contra los instintos de la vida; es una condena, a veces encubierta, a veces
ruidosa e insolente, de esos instintos (Ladrón, s/f: 2).
En
contraste, el hombre también logró cierta afinidad entre las obras de la
naturaleza y su propia actividad. Así es que, seguramente, surgieron el arte y
la técnica concebidas como imitación de la naturaleza, alejándose más y más de
las antiguas formas artísticas destinadas a la idolatría y a la compensación
del uso de recursos terrenales característicos, principalmente, del arte prehistórico
y egipcio. Pero la experiencia nos muestra que el plagiarla, con frecuencia nos
conduce a la catástrofe. Nietzsche (1878) afirma sobre los artistas que “la
vocación de casi todos los hombres, incluso los artistas, comienza por
hipocresía, por la imitación de lo exterior, por copiar lo que causa efecto”
(p. 28). El caso de Ícaro es el que probablemente ejemplifique mejor tal hecho.
A partir de lo anterior, podemos inferir que la ciencia y la técnica pueden
sacar de la naturaleza y la observación directa la primera inspiración para sus
descubrimientos pero, para que éstos lleguen a progresar, es necesario
apartarse de la naturaleza por vías nuevas, mismas que ella nos muestra y nos
negamos a observar conscientemente.
Sin duda,
durante muchos siglos, los hombres primitivos hicieron girar troncos de árbol
antes de que a alguno se le ocurriera la idea de cortar una sección del mismo
tronco para obtener la rueda; tenemos así un primer proceso de abstracción,
mismo que da lugar a un sistema técnico que podría definirse como
semiartificial, pues aún está íntimamente relacionado con la naturaleza.
Conforme pasó el tiempo, el hombre percibió los defectos de este sistema y se
encaminó a una segunda abstracción, creadora de una técnica netamente artificial.
Así es que surgen las ruedas de hierro y otros materiales, apartándose cada vez
más del modelo ofrecido por el mundo natural. Toda esta serie de abstracciones
cada vez más complicadas son las que condujeron al hombre hacia la
civilización. Los grandes pueblos civiles de la antigüedad han sido aquellos en
los cuales el dominio de la idea y la razón sobre las exigencias materiales,
vitales y económicas ha prevalecido. Y qué mejor ejemplo que la civilización
greco-romana, y más específicamente la latino-cristiana, misma que llegó a
desarrollarse hasta alcanzar la ciencia moderna. En este logro, el elemento
determinante es el factor espiritual e ideal, la concepción preponderante de la
naturaleza y de la vida en perfecta homeostasis entre la tendencia especulativa
del conocimiento y la tendencia práctica de la acción. Cuando los intelectuales
de determinado pueblo se interesan exclusivamente en la teoría, en la filosofía
y en la dialéctica, la ciencia – en sentido moderno – y la técnica permanecerán
estancadas, justo como sucedió con el orfismo y el platonismo griego, y más
claramente, con la civilización bizantina. El ideal humano se sitúa en la mera
contemplación, despreciando la realidad material y todos los valores
terrestres, como si el hombre no estuviera compuesto tanto de alma como de cuerpo.
Así es que se pierde un ideal que podría denominarse prometeico en aras de otro
netamente apolíneo. Incluso el Código Bushido plantea esta problemática y
afirma que la única solución posible es el saber morir en cada instante de
nuestra vida, vivir el instante, el aquí y ahora; sumirse en el eterno presente
en vez de abandonar el campo de batalla cotidiano2.
En contraste, el serio e incesante progreso científico halla su impulso y
explicación únicamente en el reconocimiento teórico y práctico de la naturaleza
dual del hombre como compuesto esencial de materia y espíritu. Tal vez esta es
la clave para la solución del misterio del hombre… Así pues, el pensamiento,
sustraído a las condiciones esenciales de cada acción material, es
necesariamente una actividad inmaterial y puramente espiritual. Únicamente lo
inmaterial puede ser capaz de conocer y conocerse a sí mismo por reflexión
completa sobre el propio acto y sobre la propia naturaleza: cogito ergo sum. Hegel (1981) decía que
la autoconsciencia se presenta fuera del sí mismo:
[…] en
primer lugar, la autoconciencia se ha perdido a sí misma, pues se encuentra
como otra esencia; en segundo lugar, con ello ha superado a lo otro, pues no ve
tampoco a lo otro como esencia, sino que se ve a sí misma en lo otro (p. 113).
Es cierto
que la humanidad tiene hoy entre sus manos los instrumentos capaces de dar al
mundo ventajas impresionantes a los fines del bienestar y de la felicidad
material y espiritual, todo en aras de librarse de la presión de la necesidad y
la miseria. Pero, al mismo tiempo, también tiene los instrumentos capaces de su
propia autodestrucción. El inicio de una tercera guerra mundial podría
representar el fin de la humanidad, misma que caería víctima de su propio
progreso técnico y científico. Marshall Berman (1988) menciona que “algunos
tipos muy importantes de sentimientos humanos mueren cuando nacen las máquinas”
(p. 12). Entonces, ¿Deberíamos condenar este progreso e imprecar contra la ciencia
como el peor enemigo de la humanidad? ¿Es acaso posible detenerlo, volver todo
atrás a un tiempo primitivo donde prescindíamos de máquinas y laboratorios?
Considero esta mera hipótesis un tanto absurda, pues la humanidad caería en el
caos y sería fácilmente aniquilada por las epidemias y toda una serie de
desgracias a las que ya no estamos acostumbrados como en siglos pasados. Aún
podemos sentir cierta nostalgia de carácter romántico por un pasado sin ciencia
ni técnica, pero el estado actual del mundo no haría aquello factible de ningún
modo. Entonces, ¿Cómo es que podemos evitar tal autodestrucción, física y
espiritualmente hablando?
Con el
progreso científico y técnico, la humanidad ha visto crecer de manera
desmesurada su cuerpo y sus fuerzas físicas; si deseamos sobrevivir, debemos
desarrollar en forma proporcional nuestras fuerzas y energías espirituales y
morales, dicho esto último en un sentido estrictamente nietzscheano3. En resumen, el hombre es un organismo
complejo y su bien total exige un desarrollo orgánico y armónico de todos sus
miembros y facultades. El desarrollo sin medida de un solo órgano podría
derivar en un desequilibrio total que atentaría contra la vida del organismo
como una entidad compleja.
La
arrogancia y voracidad características del hombre actual no están sino
llevándonos a la pérdida de ese equilibrio tan necesario entre lo físico y lo
espiritual; si es que no logramos controlarlo, nuestro fin como civilización
llegará antes de lo que esperamos y la capacidad de razonamiento característica
del ser humano no habrá tenido utilidad alguna. ¿Qué sentido tiene hablar de
una autoconciencia si pronto no existirá ese otro que nos la confirme? ¿El
único fin de la tecnología manufacturada por el mismo hombre es el propio autoexterminio?
Sólo tiempo y circunstancia nos dirán si el desenlace de esta problemática será
en beneficio o en detrimento de la civilización como la conocemos pues lo
expuesto en este breve ensayo no es producto sino de una opinión netamente
subjetiva y claramente fundamentada en la experiencia personal y el análisis de
varios pensadores anteriores que, como un servidor, encuentran preocupante y
alarmante la situación actual de un mundo en decadencia.
NOTAS
1
El calendario cósmico, popularizado en la obra Los Dragones del Edén de
Carl Sagan, es perfecto ejemplo de ello: la historia de la humanidad entera
ocupa apenas un día en comparación con las edades del Universo.
2
Resulta interesante observar como una gran cantidad de autores tales
como Georges Bataille, e incluso Octavio Paz, han retomado esta filosofía,
entregándola en las inexpertas manos del occidental.
3
Es de todos conocida la doctrina de Nietzsche, que pone la voluntad de
poder como fundamento y norma de la actividad humana. En la historia, según
este autor, se han realizado dos éticas, a saber, la de los dueños o señores y
la del rebaño. La ética del dueño o señor era el ideal de la antigüedad
clásica, cuya virtud se centraba en la virilidad, la afirmación, el valor
físico y moral, el dominio de sí mismo y de los otros. En cambio, la ética del
rebaño, derivada del pueblo hebreo, ponía la moral en el espíritu de sumisión y
servilismo, que no es sino la necesidad de auxilio y confesión de debilidad; el
amor del peligro y el deseo de potencia fueron sustituidos por el deseo de paz
y seguridad, la fuerza por la astucia y el orgullo por la compasión. El débil
se alza contra el libre y el potente mediante ídolos y condenación moral, pero
el hombre superior debe burlarse de ello y proclamar la muerte de Dios,
afirmando con mayor intensidad su libertad y voluntad de poder.
Referencias
- Berman, M. (1988). Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Madrid: Siglo XXI.
- Calinescu, M. (1991). Cinco caras de la modernidad. Madrid: Tecnos.
- Freud, S. (1926 [1925]). Inhibición, síntoma y angustia. Obras Completas [SE, Tomo XX]. Buenos Aires: Amorrortu.
- Hegel, G.W.F. (1807). Fenomenología del Espíritu. México: FCE.
- Hernández-Pacheco, J. (1995). La conciencia romántica. Madrid: Tecnos.
- Ladrón, S. (s/f). Crepúsculo de los Ídolos. Introducción a la Filosofía de Nietzsche en A Parte Rei, Revista de Filosofía.
- Nietzsche, F. (1878). Humano, demasiado Humano. México: Edtitores Mexicanos Unidos.
- __________ (1932 [Obra póstuma]). La Voluntad de Dominio. Obras Completas [Tomo VIII]. Madrid: Libera los Libros.
- ___________ (1887). La Genealogía de la Moral. España: Edición Digital.
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