viernes, 17 de agosto de 2012

De la Ignorancia del Tiempo al Asesinato del Tiempo, y del Asesinato del Tiempo al Desconocimiento de la Temporalidad en Psicoanálisis [André Green]



Transcripción de una Conferencia impartida por el Dr. André Green en la APM

Señoras, señores, queridos colegas. Permítanme primero decirles el placer de encontrarme con ustedes aquí el día de hoy, y mi gratitud por las muestras simbólicas con las cuales ustedes han tenido a bien honrarme. En efecto, se puede decir que las relaciones entre Francia y México no están muy desarrolladas, por razones, sin duda, de distancia geográfica. Pero el psicoanálisis es uno, y los problemas que voy a abordar hoy, de los cuales les diré el título en un instante, me parece que ustedes los encuentran de la misma manera que en Europa, y desde ahora me llama mucho la atención ver que durante las presentaciones de material clínico, no me parece en lo personal que la discusión tome un giro muy diferente del que tendría en París, por ejemplo.

Elegí hablarles hoy, con un título un poco largo, del problema del tiempo en psicoanálisis; y el título de mi exposición es: De la ignorancia del tiempo al asesinato del tiempo, y del asesinato del tiempo al desconocimiento de la temporalidad en psicoanálisis.

El tiempo no ha ocasionado tantas reflexiones como el espacio psicoanalítico en estos últimos años. Hubo creaciones enriquecedoras, como la noción de espacio analítico que debemos a Viderman; aquella, más antigua aún, de espacio transicional que Winnicott inventó. En cuanto al problema del tiempo, uno tiene la impresión de que la comunidad psicoanalítica ha adoptado una conducta de evitación. Freud, para empezar por él, desarrolló sus ideas acerca del tiempo de manera fragmentaria, sin proceder a una sistematización, y a medida que sus ideas se le imponían a partir de la reflexión o de la experiencia. El inconveniente es que nunca presentó una síntesis de sus concepciones acerca del tiempo, y estoy bien convencido de que aquí como en otro lugar, si uno pidiera a alguien hablar del problema del tiempo en psicoanálisis, pues pienso que estaría bastante confuso. Freud nos dejó, pues, una suerte de mosaico de mecanismos temporales sin edificación conceptual. Después de él, a partir de su muerte, aprovechándose justamente de ese estado de dispersión de la teoría, los analistas prefirieron darle la vuelta a la dificultad al no pronunciarse sobre la unidad que había que extraer de sus diversas concepciones. Una tendencia a la vuelta hacia atrás se manifestó incluso, en un enfoque que llamaría [...] y que hizo que el pensamiento psicoanalítico regresara a un estadio prepsicoanalítico. En una inspiración reciente, uno puede constatar que el enfoque genético, que en Freud no era más que un aspecto de los problemas de la temporalidad, se impuso progresivamente como el único válido, descartando todo lo que lo estorbaba en su camino, todas las novedades que Freud había tardado tanto tiempo en elaborar. En resumen, el enfoque genético quiso eclipsar todo lo que competía a la teorización de conjunto.

Pienso que lo que acabo de decir se aplica sobre todo al psicoanálisis norteamericano. Hay que partir del punto de vista de que el psicoanálisis es un método fundamentalmente histórico, puesto que a través de él se examinan las consecuencias de una evolución fijada o desviada del desarrollo, que hizo que en ciertas etapas lo que sucedió no pudo ser integrado y sufrió múltiples destinos que nos remiten a la idea que cada uno de nosotros se hace de los nexos entre la historia personal, sus estancamientos, la manera como se inscriben las etapas decisivas de la evolución de su desarrollo y de su incapacidad para resolver conflictos que sobrevinieron, así como su posible retorno bajo formas que deben ser descifradas para entender sus nexos con experiencias del pasado que no pudieron integrarlos. Todo esto tiene lugar en el tratamiento y no deja de tener nexos con las vicisitudes, éxitos, fracasos, que son su conclusión. La tensión se movilizó recientemente contra los gajes del tratamiento, las incertidumbres e incluso los obstáculos que dificultaban la cura, que Freud ya había abordado en 1937. Pero se descuidó justamente el fondo común de esos problemas, a saber su relación con la temporalidad. Se podría decir, y se dijo, que la fuente de inspiración principal del pensamiento psicoanalítico es la sesión. Pero cuando se miran las cosas de más cerca, pues, se ven numerosos ejemplos sacados de la obra de Freud que muestran que la sesión no tiene la exclusividad de las manifestaciones que dan testimonio de la organización de los efectos del inconsciente respecto al tiempo.

Citemos nada más al pasar el análisis de ciertas obras culturales como Hamlet o Moisés, u otros escritos freudianos que les son familiares como Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis. Bien. A primera vista, la represión aparece como el principal mecanismo responsable de una perturbación de la memoria que prefirió arrojar en el olvido lo que recobró con displacer. Pero no es un [...] pasivo; fragmentos que forman parte de las asociaciones del sueño, cooptándose y yuxtaponiéndose por afinidad, dan testimonio de un trabajo del inconsciente conforme a lo que Freud llamó “la atracción por lo reprimido preexistente”.

En resumen, el pasado no se apila, sino que se reorganiza y es atraído por ciertos contenidos que le interesan particularmente. El caso del sueño es muy ilustrativo, pero primero hay que recordar que el sueño se produce fuera de la conciencia del soñador, y por lo tanto por definición fuera de sesión, pero que necesita el trabajo en sesión para ser interpretado. Para Freud el sueño es una forma de memoria que sobrevivió a la represión gracias a disfraces que hacen que su nexo con el pasado no sea inmediatamente identificable. Otros ejemplos también vienen a la mente cuando uno piensa en este problema; más que cualquier otro la transferencia, cuyo nexo con el pasado, o con fragmentos del pasado es claro y, de la misma manera, como bien lo vemos, la transferencia desborda el marco de la sesión. Todo esto parte de un punto de vista que fue el de Freud durante mucho tiempo y que sostenía que lo esencial del psicoanálisis era la rememoración de la infancia. Se apegó a esta idea hasta muy tardíamente, pero en 1937 debió reconocer que el levantamiento de la amnesia infantil no siempre era posible, y por lo tanto que había que sustituir la idea de la rememoración por otra, más abierta, que permitiera zanjar esos inconvenientes. A partir del momento en que la represión fue identificada por Freud, toda manifestación psíquica reconocida como perteneciente al retorno de lo reprimido tiene necesariamente que ver con el pasado en los nexos que deja entrever entre lo que resurge de aquello a lo cual debió ser anteriormente negada la conciencia y que fue alejado de ella, y lo que demanda ahora ser escuchado a pesar de los intentos de silenciarlo. Pero hay una censura, y para pasar esta censura, pues, el contenido reprimido deberá sufrir disfrazamientos, con el fin de que la forma como se va a presentar a la conciencia no permita reconocerlo. Las modificaciones del preconciente, por ejemplo, harán necesario un verdadero trabajo para reconocer, es decir que no siempre estamos en la esfera del recuerdo. Pero ya que abordamos la cuestión del recuerdo, el ejemplo por mucho más interesante abordado por Freud al principio de su obra es el recuerdo encubridor. Este recuerdo encubridor aparece como un collage, una aglomeración de fragmentos de recuerdos que pertenecen a épocas diferentes del pasado, y Freud incluso llegó hasta decir que en el recuerdo encubridor se encuentra reunido todo lo esencial de la vida psíquica infantil. Y por cierto, la represión no sólo afecta al núcleo del recuerdo, sino a muchos contenidos que lo acompañan y que hacen que el conjunto se presente bajo una forma que ya no es muy identificable. En otras palabras, lo esencial es reconocer que en el seno del recuerdo encubridor hay un trabajo psíquico sobre el cual Freud insiste desde el principio y que designa: conflicto, represión, sustitución con formación de compromiso. Es decir que se ve que el desplazamiento jugó un papel considerable, y que una vez que este desplazamiento ha operado habrá, de cierta manera, que volver a coser los contenidos desplazados.

A veces las cosas aparecen bajo una forma más misteriosa, por ejemplo recuerdos rememorados que datan del período postpuberal, es decir donde la expresión de la sexualidad es clara, y bien, estos recuerdos se avecinan con recuerdos anteriores en los cuales la sexualidad infantil no era tan importante. Entonces no es sólo, nos dice Freud, la inocencia de los recuerdos prepuberales que permite, aquí, su [...] sino que justamente es la proximidad de estos recuerdos presexuales – sexuales/presexuales, como dice Freud – con los recuerdos francamente sexuales postpuberales, es este nexo el que se vuelve significativo. Esto es tanto como decir que la presencia de la imagen mnémica – la del recuerdo – no es un elemento suficiente para identificar la representación inconsciente y para reconocer el elemento significativo a veces construido después del relato de eventos antiguos por el entorno – la madre dice que..., la nodriza dice que..., el padre puede decir que... – y todo esto forma parte del trabajo de elaboración que va a modificar el contenido bruto del recuerdo. La regla es general, hay una falsificación de los recuerdos que prohíbe el acceso de la impresión originaria que estuvo en la conciencia a través de la resistencia, y esto sirve a la represión que domina la experiencia y ayuda a la substitución de impresiones chocantes y desagradables por otras, más inocentes. Pues bien, desde aquel momento, y estamos al principio del psicoanálisis, Freud entiende que hay varias temporalidades. Hay una temporalidad que nos es familiar, la de la sexualidad infantil, pues obedece a un modo de evolución que es de tipo biológico, aun cuando se le reconocen particularidades sobre la sucesión de las capas del alma, dice Freud, que hacen que no sea una temporalidad clara, porque los períodos se superponen.

Pero justamente, esta base evolutiva ya modificada por la experiencia es lo que va a marcar las fijaciones y, más tarde, las regresiones que tenderán a regresar a los puntos de fijación. En el curso de toda esta evolución, los recuerdos buscan ser utilizados para intentar explicar lo que los adultos siempre quieren ocultar. Entonces allí, por ejemplo, los recuerdos van a revestirse con teorías sexuales infantiles que no competen al recuerdo sino a las construcciones de la psique y van a, diría, complicar la cuestión del recuerdo pero aclarando el mecanismo del funcionamiento psíquico del individuo. Dicho de otra manera, si el recuerdo es falsificado el psiquismo es, al parecer, más fácilmente identificable. De cualquier manera deberíamos recordar esta expresión de Freud: conciencia y memoria se excluyen. En todas partes, todo aquello sobre lo cual se apoya uno y que es recordable, pues bien, es marginal respecto a la conciencia. Pero la característica más notable, sobre la cual Freud insistirá durante un largo período, es la ausencia de desgaste del pasado en las manifestaciones que se pueden relacionar con el inconsciente. Entonces dirá: el inconsciente ignora el tiempo, lo que compete a recuerdos inconscientes no parece haber sufrido la alteración por el tiempo, como cuando uno busca acordarse de algo, uno confunde con un fenómeno que se le parece o que sucedió aproximadamente en el mismo momento, uno deforma, y por lo tanto uno ve que hay un desgaste, una alteración de los recuerdos por el tiempo. En lo que compete al inconsciente es lo contrario que ocurre, y nos encontramos ante una frescura muy particular; por ejemplo en tal sueño va a aparecer tal personaje: “¡Ah, sí! Me acuerdo, llevaba su vestido preferido, estaba así o asado.” Ahora bien, es bastante probable que si se le preguntara al sujeto “¿Cuál es el vestido preferido de su madre?”, estaría en apuros para decirlo.

La segunda característica en hacernos reflexionar es lo que Freud escribió en Schreber acerca de la alucinación; escribe, y es una observación que ha sido poco resaltada, escribe una primera vez, con el correr de la pluma: lo que se supone que suprime por dentro – represión – viene del afuera en la alucinación. Y luego, se corrige a sí mismo; dice: Lo que acabo de decir no es cierto; hay que decir más bien: “lo que fue abolido adentro vuelve desde el afuera”.2 Por lo tanto, Freud hace una distinción muy clara entre la supresión de la represión y la abolición que acompaña a un nuevo mecanismo que va a describir ahora y que se llama la Verwerfung, que Lacan tradujo por forclusión; otros prefieren hoy traducirlo por desestimación radical; lo que es importante es entender lo que distingue estos mecanismos, a saber que la represión se apoya en estructuras simbólicas intactas, mientras que con la forclusión, con ese mecanismo de abolición por dentro, las estructuras simbólicas ya no están intactas. Hay como blancos, hoyos en la psique que no permiten relacionar el fenómeno alucinatorio y sus correspondientes psíquicos como se haría para el caso de la represión a través de una amnesia cualquier. Este adelanto fue considerable, y Lacan tuvo toda la razón en subrayarlo, porque nos introdujo a la necesidad de tomar en consideración los mecanismos de integración simbólica y cómo en la psicosis – la alucinación – esos mecanismos de integración simbólica están dañados, es decir que el pensamiento no puede funcionar. Es por eso que por mucho tiempo, quien dice alucinación dice, no únicamente pero también, psicosis y quien dice psicosis quería decir, también para Freud, [...]. Al irse un poco más adelante, Schreber dixit, y el escrito del que voy a hablar ahora es de 1927, Freud descubre todavía una nueva forma de rememoración que está presente en la desmentida del fetichismo, la Verleugnung. Entonces la característica de esta desmentida respecto a la represión es que la represión dice: “¡No!... ¡Ah!, sí, recuerdo cosas, pues sí tal vez”. La forclusión dice “no” y es: “No, y no veo nada que se relacione con lo que está apareciendo ahora”.

La tercera desmentida dice “sí” y “no” a la vez. Es lo que Freud describe para el clivaje, que se divide en dos juicios, un primer juicio que dice: “Pues sí, claro, las mujeres no tienen pene.” Pero junto a este reconocimiento está la desmentida, que consiste en decir: “No, me es imposible admitir que las mujeres no tengan pene”; lo cual no se manifiesta en esta forma cruda sino bajo una forma disfrazada y activa. Es por eso que el paciente fetichista elige un accesorio. Entonces vemos aquí una sucesión de mecanismos descritos por Freud: represión, forclusión, desmentida, y finalmente, aproximadamente en la misma época también, la negación, a la cual Freud da un alcance mucho más grande que la tradición filosófica; porque a través de la negación Freud logra relacionar lo que él llama equivalentes intelectuales de la represión, pero también el funcionamiento de las mociones pulsionales orales más antiguas, a saber cómo la afirmación se relaciona con los procesos del deseo de incorporación, de acoger dentro de sí, el objeto deseable, o al contrario, los mecanismos de denegación que Freud relaciona con los mecanismos de rechazo fuera de sí. Por lo tanto, ustedes ven que la cuestión de la memoria es absolutamente inseparable de la cuestión de lo que hace el juicio con lo que es rememorado. El juicio no es pasivo: o bien apoya lo que es rememorado, es decir que busca acogerlo una vez más dentro de sí, o bien no quiere saber nada de él: “Pues no, pues no, no es posible, no puedo recordar cosas parecidas, esto no tiene fundamento.” Entonces, el rechazo es categórico. Asimismo, Freud se da perfectamente cuenta desde el análisis del Hombre de los Lobos de que la fantasía no lo explica todo y que si se admite la importancia de las fantasías, pues se necesita una función particular que Freud atribuye a las fantasías originarias y que tendría por meta ayudar a clasificar las experiencias [...]; en efecto es una cuestión importante, porque si hoy en día hay muchos autores que rechazan la noción de fantasía originaria, queda en pie la cuestión de cómo las fantasías que están repartidas al azar en los individuos, en donde algunas prevalecen más que otras, cómo llegan a constituirse en coherencias inconscientes. Esto es lo que Lacan buscó llamar significante clave. Pero a partir de cierto momento, diría más particularmente después del análisis del Hombre de los Lobos, Freud describirá un nuevo mecanismo, y este nuevo mecanismo es la compulsión de repetición. Y al mismo tiempo que descubre esto, descubre que la repetición obstaculiza la rememoración, y que la repetición tiende a hacer sufrir a los contenidos mentales un destino particular cuyo efecto es que la rememoración es remplazada por el actuar. Esto fue en 1914, pero habrá que esperar seis años todavía para que, en Más allá del principio de placer, Freud reconozca el papel de la repetición/actuar y la inserte en un marco especulativo más amplio, el de la pulsión de muerte; el de la pulsión de muerte porque el actuar no quiere realmente una integración de lo que fue reprimido, el actuar busca evacuar lo que fue reprimido, y por consiguiente ya no se trata únicamente de esta frescura del inconsciente que hace que los recuerdos regresen sin alteración y en un estado, diría, de inalterabilidad que llama la atención del que lo vive; con la compulsión de repetición estamos lidiando con una desmentida temporal y con lo que propuse llamar “un asesinato del tiempo”. Es decir que el paciente en ese momento emplea toda su energía en negar la acción del tiempo, pues si la repetición vuelve incesantemente sobre los mismos aspectos, de hecho cuando uno interroga bien a esos pacientes, esos pacientes muestran que tienen la ilusión de parar el tiempo, de hacer que el tiempo no exista más, que el tiempo no los obligue a cambiar, a tomar en cuenta su edad, que el tiempo no pueda nada por ejemplo contra el hecho de que para esa gente sus hijos, que ahora son adultos y muchas veces padres a su vez, siguen siendo niños para ellos. Entonces uno constata aquí que hay una especie de recusación por Freud de su antigua concepción del inconsciente; sé que puede chocar mucho a la gente cuando afirmo cosas como éstas, pero no soy yo quien lo dice, es él. Y ¿por qué esa recusación? Porque precisamente, Freud llega a decir: no puede haber una primera forma, una segunda forma, una tercera forma de inconsciente, esto no tiene sentido, hay que encontrar otra cosa. Y lo que él encuentra es que el elemento primordial y fundamental de la psique ya no es la representación inconsciente, sino lo que él llama compulsión de repetición Es decir que Freud plantea una hipótesis, a saber que la elaboración de la función representativa en la cual creía hasta entonces tenía la virtud de relacionar el recuerdo con representaciones inconscientes: entre recuerdo y representación inconsciente había una comunicación a causa del parentesco entre los contenidos y los mecanismos que se estaban usando.

Tomen por ejemplo un caso que les parecerá evidente en el psicoanálisis de hoy: la transferencia. Pues bien, hoy ya no se trata de asentar una interpretación de transferencia sólo sobre su nexo con el pasado; es decir que uno da la interpretación de la transferencia tal cual aun cuando uno trae en la cabeza la inferencia de que el pasado está involucrado en ella, pero ya no se justifica de esa manera, puesto que hubo cierta cantidad de desengaños que portaron sobre recuerdos falsos en los cuales el analista creyó, controversias acerca de la existencia o no de la escena primitiva, y cosas del mismo orden.

Entonces ¿qué concluir de este panorama que acabo de pintar para ustedes? Y bien, hay que concluir antes que nada sobre la naturaleza heterogénea del psiquismo; es decir que el psiquismo utiliza modalidades de temporalidades diferentes según, justamente, si esas temporalidades se relacionan con las representaciones inconscientes o con la compulsión de repetición que es mucho más rígida, mucho más difícilmente modificable, y que se contenta con repetir y repetir siempre; ¿con qué propósito? Con el propósito de evacuar la frustración. Es lo que Bion nos enseñó; Bion nos enseñó que el gran dilema para la psique era evacuar la frustración o elaborarla. Entonces claro que hay formas del psiquismo, como la fantasía, que pueden atravesar los tres tiempos – el pasado, el presente, el futuro – o Freud dirá que están como ensartados en el cordón del deseo. Pero si bien esto es cierto, uno ve también que esta formulación es anterior al descubrimiento de la compulsión de repetición. En compulsión está pulsión, y esto justamente es lo que nos obliga a diferenciar; es decir que si la repetición es un fenómeno banal en psicoanálisis, la compulsión es una “obligación de”, como si le subyaciera un mecanismo pulsional, y por cierto, uno puede preguntarse si el material pulsional bruto es apto para una elaboración cualquier. Es lo que Freud nos dice cuando describe el aparato psíquico y cuando describe el ello: son mociones pulsionales que buscan la descarga, y sanseacabó. Ninguna dimensión de representación puede serle asociada, y es lo que marca la gran diferencia entre inconsciente y el ello, a pesar de que uno puede ser llevado a considerar que puesto que las formulaciones son muchas veces similares, está autorizado a superponer ambas entidades.

Bien. Falta abordar todavía un mecanismo extremadamente importante, un mecanismo que está al honor en el psicoanálisis francés, y que a la escuela inglesa le cuesta trabajo entender. Este mecanismo es el après coup: Nachträglichkeit. Pues bien, lo que el après coup nos hace entender, es que cuando cierto contexto memorial es evocado, el recuerdo no se queda fijado, y en ciertas circunstancias, hechos relativos a este recuerdo van a resurgir, que van a enriquecer el recuerdo precedente con aspectos nuevos que no estaban allí en el momento del evento.

La ocasión que encuentra Freud para desarrollar este argumento es justamente la escena primitiva porque busca responder a argumentos como: “¡Ah!, un niño de 18 meses que asiste a una escena primitiva, ¿usted cree que sea posible que pueda tener efectos como éste?” Y Freud tiene una solución más interesante, es decir que considera que efectivamente hubo trauma a la edad de 18 meses, pero que los elementos que van a hacer que ese trauma cuaje son eventos posteriores como la observación de coitos de animales o fenómenos que se encuentran relacionados y que, cuando aparezca el sueño, van a dar una significación al sueño que no está en el suceso. Entonces vemos que tener un buen funcionamiento mnémico no consiste en tener un acervo de recuerdos más importante que otro. No es la presencia de una memoria más grande que da una capacidad más grande al análisis. Tener un buen funcionamiento mnémico es disponer de una especie de acervo memorial flexible, que pueda llegar a enriquecer contenidos existentes, que pueda dar existencia a formas como la de la intemporalidad del inconsciente, y que pueda al mismo tiempo sostener mecanismos como la compulsión de repetición. Entonces es lo que quise decir cuando dije “la ignorancia del tiempo hasta el asesinato del tiempo”. La ignorancia del tiempo es la parte que aparece primero con el nacimiento del psicoanálisis, y el asesinato del tiempo es la compulsión de repetición. Es esta complicación que hizo que los autores del psicoanálisis contemporáneo encontraran las cosas oscuras, inmanejables, y no muy prácticas en el uso teórico. Y volvieron a una concepción genética. Entonces concepción genética, todos los problemas estaban resueltos. ¿Por qué? Porque ustedes van a hacer observación; van a seguir a los bebés desde el momento en que vienen al mundo; van a anotar todo los días lo que se repite y lo que es nuevo, y así, pues, si saben lo que pasó ayer y lo comparan con lo que pasó hoy, entonces pueden entender lo que quizás suceda mañana. Pero desgraciadamente, esta concepción es falsa, precisamente a causa de todos los mecanismos temporales que me tomé el tiempo de describirles.

Entonces me voy a dirigir ahora hacia mi conclusión; se trata de volver a la heterogeneidad del psiquismo, a modalidades diferentes de temporalidad que implican lógicas inconscientes diferentes y que son utilizables de diferentes maneras en el trabajo analítico.

Y si me tomo así el tiempo para intentar explicarles esto, es porque ese asesinato del tiempo del cual hablé termina volviéndose un antitiempo. Son esos pacientes que se rehúsan a que el pasado sea pasado, que se aferran al valor traumático de sus recuerdos y que piensan incluso que tendrían el poder de parar el tiempo. Se lo digo así, pero hay pacientes que me lo dijeron, tal cual se lo estoy diciendo; no es una cosa que estoy inventando, no es una idea que me viene: me lo dijeron. Y por cierto, ello no les ayudó mucho. Entonces vemos aquí que por ejemplo este antitiempo del cual estoy hablando, otros le dieron otro nombre. Estoy pensando en particular en Bion. Cuando Bion presentó sus ideas sobre el factor K – knowledge – , pues bien, hizo algo que no había hecho para las otras dos entidades: describió una K positiva y una K negativa; por lo tanto, un conocimiento positivo y un conocimiento negativo. ¿Qué es el conocimiento negativo? Y bien, el conocimiento negativo es una manifestación de la omnipotencia que logra convencer al sujeto que no saber es aún más poderoso que saber. Este descubrimiento de Bion fue, creo, bien recibido por sus colegas, pero no siempre se lo relacionó con todos los aspectos que puede revestir.

De todas maneras – voy a terminar pronto – de todas maneras, no hay una concepción lineal del tiempo para un psicoanalista. La actividad cotidiana es una actividad bidireccional del tiempo. Aquí, mientras les estoy hablando, ustedes tratan de seguirme al poner en aplicación lo que digo con una concepción progresiva del tiempo. Esta noche, cuando ustedes estén soñando, van a seguir una orientación totalmente diferente, porque al soñar despedazarán ese tiempo lineal y dejarán aparecer el tiempo de la regresión tópica, el tiempo que hace que la lógica del sueño y el trabajo del sueño sean diferentes de los de la vida diurna. Ahora bien, habría cosas que decir acerca de la verdad histórica. Uno se equivoca las más de las veces al hablar de la verdad histórica, porque uno imagina que la verdad histórica es una verdad construida desde el exterior, desde la prehistoria. Esto no es cierto en absoluto, no es lo que Freud quiere decir; la verdad histórica, dice Freud, es la verdad de aquello en lo cual uno creía en el momento en que uno elaboró ciertas concepciones princeps.

Por ejemplo, la idea de que las mujeres tienen pene se apoya en la verdad, pero la verdad histórica del momento, es decir que un niño de la edad de tres años considera esto como cierto, y no como una hipótesis cualquier. Pues bien, éstas son las cosas sobre las cuales quería llamar su atención al abordar este difícil problema del tiempo que, como se lo dije al principio, no dio lugar a muchas elaboraciones por parte de los psicoanalistas, porque los psicoanalistas son como toda la gente, esperan resolver los problemas simplificándose la tarea; esto no existe [risa]; sólo existe en las creencias de los psicoanalistas pero de hecho, nunca es simplificando los problemas psicoanalíticos que se hace avanzar al psicoanálisis . Gracias.

Abril de 2007

Dominio de la Contratransferencia [Sandor Ferenczi]


El psicoanálisis -a quien parece corresponder la tarea de destruir cualquier mística- ha conseguido descubrir la lógica simple y, podría decirse, ingenua a la que obedece la diplomacia médica más compleja. Ha hallado en la transferencia sobre el médico el factor eficiente de toda sugestión médica y ha constatado que en último término esta transferencia no hace más que repetir la relación infantil erótica con los padres, con la madre benevolente o el padre severo, y que depende de la historia o de la predisposición constitucional del paciente el que éste sea sensible a una u otra forma de sugestión.

El psicoanálisis ha descubierto, pues, que los enfermos nerviosos son como los niños y desean ser tratados como tales. Algunas personas médicas dotadas de intuición lo sabían ya antes que nosotros, al menos se comportaban como si lo supieran. Así se explica la fama de algunos médicos de sanatorios, «amables» o «groseros». El psicoanalista, por su parte, no tiene el derecho de ser dulce y complaciente o rudo y grosero según su gusto, esperando que el psiquismo del enfermo se adapte al carácter del médico. Es preciso que sepa dosificar su simpatía e incluso interiormente nunca debe abandonarse a sus afectos, pues el hecho de ser dominado por tales afectos, e incluso por pasiones, constituye un terreno poco favorable a la aceptación y a la asimilación correcta de los datos analíticos. Pero al ser el médico sin embargo un ser humano y como tal susceptible de humores, simpatías, antipatías y también arrebatos impulsivos -sin una tal sensibilidad no sería capaz de comprender las luchas psíquicas del paciente-, está obligado durante todo el proceso del análisis a realizar una doble función: por una parte debe observar al paciente, examinar sus dichos y construir su inconsciente a partir de sus palabras y de su comportamiento; por otra parte debe controlar constantemente su propia actitud respecto al enfermo y si es necesario rectificarla, es decir, dominar la contratransferencia (Freud). La condición previa para esto es naturalmente que el médico haya sido analizado. Sin embargo. aunque lo esté, no podría franquear las particularidades de su carácter y las fluctuaciones de su humor hasta el punto de hacer superfluo el control de la contratransferencia.

Es difícil decir de una manera general cómo debe efectuarse el control de la contratransferencia: las posibilidades son demasiado numerosas en este terreno. Para hacerse una idea, lo mejor es tomar ejemplos de la experiencia. Al comienzo de la práctica psicoanalítica, apenas se adivinan los peligros que pueden venir por ese lado. Vive uno en la euforia que proporciona el primer contacto con el inconsciente; el entusiasmo del médico se comunica al paciente y el psicoanalista debe a esta afortunada seguridad algunos éxitos terapéuticos sorprendentes. Indudablemente, la parte del análisis en tales éxitos es más bien escasa y pertenece a la pura sugestión, dicho de otro modo, se trata de éxitos de la transferencia. En la euforia de la luna de miel del análisis, está uno muy lejos de tomar en consideración la contratransferencia y menos aún de dominarla. Se sucumbe a todos los afectos que puede suscitar la relación médico-enfermo, se deja uno influenciar por las molestias de los enfermos, incluso por sus fantasías, y hasta se indigna uno contra todos aquellos que le son hostiles o les hacen mal. En una palabra, el médico hace suyos todos los intereses del enfermo y se extraña cuando éste, en quien su conducta ha despertado probablemente esperanzas vanas, manifiesta repentinamente exigencias pasionales. Las mujeres piden al médico que se case con ellas, los hombres que dialogue con ellos, y todos deducen de sus palabras argumentos apropiados para justificar sus pretensiones. Naturalmente, tales dificultades se superan fácilmente durante el análisis; se invoca su naturaleza transferencial y se les utiliza como material para proseguir el trabajo. Pero también puede hablarse de los casos en que los médicos que practican bien sea una terapéutica no analítica, bien un análisis silvestre son objeto de acusaciones o de inculpaciones judiciales. Los pacientes develan en sus acusaciones el inconsciente del médico. El médico entusiasta que en su deseo de curar y de explicar pretende “comprometer’ a sus pacientes, olvida los signos, pequeños y grandes, del atractivo inconsciente que siente hacia ellos, tanto hombres como mujeres, pero éstos los perciben perfectamente y deducen la tendencia que los origina, sin sospechar que el médico no tenía conciencia de ello. Cosa curiosa, en este tipo de asuntos ambas partes tienen razón. El médico puede jurar que, conscientemente, sólo pensaba en curar a su enfermo; pero también el paciente tiene razón, pues el médico se ha colocado inconscientemente como protector de su cliente y lo ha dejado ver a través de diversos indicios.

La trayectoria psicoanalítica nos preserva evidentemente de tales problemas. Sin embargo, puede ocurrir que un control insuficiente de la contratransferencia sitúe al enfermo en un estado imposible de resolver, que le servirá de pretexto para interrumpir la cura. Resignémonos a que el aprendizaje de esta regla técnica del psicoanálisis cueste un paciente al médico. En lo sucesivo, cuando el psicoanalista ha aprendido pacientemente a evaluar los síntomas de la contratransferencia y consigue controlar todo lo que podía dar lugar a complicaciones en sus actos, sus palabras, o sus sentimientos, corre entonces el peligro de caer en el otro extremo, de convertirse en demasiado duro y esquivo con el paciente; lo cual retrasaría o incluso haría imposible la aparición de la transferencia, condición previa para el éxito de todo psicoanálisis. Podría definirse esta segunda fase como la de la resistencia a la contratransferencia. Una ansiedad desmesurada a este respecto no es la actitud correcta, y sólo tras haber superado este estadío puede el médico alcanzar el tercero: el del dominio de la contratransferencia. Sólo cuando haya llegado a él, o sea, una vez asegurado de que la vigilancia ejercida sobre este efecto dará enseguida la alerta si sus sentimientos respecto al paciente amenazan con desbordar la justa medida tanto en sentido negativo como en positivo, podrá el médico «dejarse llevar» durante el tratamiento como exige la cura psicoanalítica.

La terapéutica analítica plantea, pues, al médico exigencias que parecen contradecirse radicalmente. Le pide por una parte dejar libre curso a sus asociaciones y a sus fantasías, dejar hacer a su propio inconsciente; Freud nos indica que es la única manera de que disponemos para captar intuitivamente las manifestaciones del inconsciente, disimuladas en el contenido manifiesto de las palabras y de los comportamientos del paciente. Por otra parte, es preciso que el médico someta a un examen metódico el material proporcionado por el paciente y el aportado por él mismo, y solamente este trabajo intelectual debe guiarle en lo sucesivo tanto en sus palabras como en sus acciones. Con el tiempo aprenderá a interrumpir este estado de dejarse llevar por determinados signos automáticos provenientes del preconsciente y a sustituirlos por una actitud crítica. Sin embargo, esta oscilación permanente entre el libre juego de la imaginación y el examen crítico pide al médico algo que no exige en ningún otro campo de la terapéutica: una libertad y una movilidad de los bloqueos psíquicos exentos de toda inhibición.

jueves, 26 de julio de 2012

L'interprétation - forcément à côté [Gabrielle Gimpel]


Intervention faite au Colloque franco-allemand "L’interprétation à côté", à Schloss Dhaun en mai 2009
En quoi le mot d’esprit peut-il aider à concevoir ce qu’est une interprétation à côté? Une interprétation qui tombe à plat, est-elle comparable à un mot d’esprit qui ne fait pas rire?
A - Le "Witz" de Freud (1905)
Le « Witz » est une formation de l’inconscient au même titre que le rêve. Comme du rêve dans la « Traumdeutung », Freud dit du Witz que les processus psychiques inconscients (et non pas les contenus conscients) sont aptes à produire un effet psychique (Traumdeutung, chap VIII, F.cité dans « Witz » p.139). C’est le mécanisme, la forme d’expression (Ausdrucksform) du Witz qui le caractérise et non pas le contenu idéique, quelque chose de logique est en jeu. Freud met en évidence des mécanismes tels que la condensation, le déplacement, la métaphore et la métonymie, l’énigme, le non-sens d’une expression verbale, les jeux de mots, les homonymies et homophonies, les significations au pied de la lettre et figurées, le déplacement d’accent, les fautes logiques, les contradictions, l’utilisation d’expressions toute faites légèrement modifiées etc. Le plaisir du Witz serait dû aux sonorités, au parler débridé que Freud rapproche du parler de l’enfance, au parler qui transgresse le code (LacanSéminaire V).
Freud parle d’un travail du mot d’esprit comme il parle du travail du rêve. Le travail du Witz est un travail de compréhension (« Witz », p.54). Dans le « Witz », pour que la condensation dans un « Mischwort » (mot mélangé) fonctionne comme mot d’esprit (voir : famillionaire), il faut qu’un élément semblable (ähnliches Element) se trouve dans les deux mots. Ce mot mélangé (condensé) procure du plaisir (Lust schaffen). Le receveur décèle le « sens » à travers le lien qu’établit cet élément ressemblant. Il cherche le sens dans le non-sens, il cherche dans l’inconscient, dans les « restes métonymiques » : où va le désir de l’Autre ? (Comme l’enfant cherche à localiser où va le désir de sa mère.) Le phallus ouvre sur un double sens, sur une alternative encore simultanée. « Ce qui vous met sur les traces du signifiant perdu – dans la métaphore, l’oubli de nom ou le lapsus - ce sont les ruines métonymiques de l’objet » (Lacan, V, p.42) (Ce qui est perdu quand le désir rencontre le code du langage). L’émetteur et le receveur doivent avoir des restes métonymiques suffisamment semblables, doivent être « de la paroisse » pour que le « Witz » s’accomplisse. (Lacan, V, p.118).
La première personne élabore le Witz, mais a besoin d’une personne qui l’écoute pour pouvoir déclencher le rire qui lui revient ensuite par contagion. Le receveur juge ( « Witz », p.136) s’il s’agit d’un mot d’esprit ou non, l’émetteur (le moi) n’étant pas assuré de son jugement. Le receveur pose cet acte de « compréhension »(Verständnisarbeit). Il y a un effet de sens, donc un effet de sujet. (« L’auteur apporte les mots, le lecteur le sens », « Witz », p.83). Le mot d’esprit tendencieux (provocation sexuelle) nécessite trois personnes : celui qui formule le Witz , celui qui écoute et qui est visé par la provocation, celui qui assiste et qui jouit. (Ici, apparaît un trait pervers : le témoin oculaire chez l’agresseur pervers sadique). Le troisième est « perverti », « corrompu », sa libido trouve satisfaction sans peine (« mühelos », « Witz », p.95).
Dans cette situation de connivence, le troisième est surpris, pris au dépourvu par un signifié nouveau. « Le mot d’esprit est un coquin à la langue fourchue qui sert deux maîtres à la fois. » ( »Witz », p.146). Ce tiers est indispensable pour l’accomplissement du trait d’esprit : il est surpris par la nouveauté, alors que l’émetteur connaît la chute de son histoire.
Cette troisième personne devient dans l’œuvre de Lacan (sém V) un précurseur du grand Autre. Dans le mot d’esprit, le grand Autre en tant que lieu du signifiant et du code, authentifie un message délivré à travers une transgression du code. Cette authentification permet une séparation et une prise de distance, comme dans l’humour. « Le message gît dans la différence d’avec le code, cette différence est sanctionnée comme trait d’esprit par l’Autre. » (Lacan, V, p.24). Le mot d’esprit travaille sur l’ambigüité de la formation du message. Là, où le désir croise la ligne signifiante (graphe du désir), il rencontre A… comme siège du code. « L’objet du mot d’esprit est de nous réévoquer la dimension par laquelle le désir rattrape ou indique tout ce qu’il a perdu en cours de route, ce qu’il a laissé comme déchets au niveau de la chaîne métonymique et d’autre part, ce qu’il ne réalise pas pleinement au niveau de la métaphore. » (Lacan, V, p.95) « … l’Autre entérine un message comme achoppé, échoué, et dans cet achoppement même reconnaît la dimension au-delà dans laquelle se situe le vrai désir, c’est-à-dire ce qui, en raison du signifiant, n’arrive pas à être signifié » (Lacan, V, p.150) (et donc ne cesse pas de ne pas s’écrire).
B - Jouissance
Freud cherche longuement par quels mécanismes est produit le plaisir, le rire à la seule audition de mots composant un trait d’esprit. Le rire accompagne fréquemment la levée du refoulement dans l’analyse. Est-ce comparable à la découverte dans le non-sens d’une allusion à un sens ( le sens dans le non-sens, ça doit avoir un sens, « Witz », p.122 ; la jouissance du déchiffreur , l’instinct de limier) La jouissance du sens ? La jouissance du non-sens délibéré ? Freud dira que le plaisir est lié à la satisfaction de la tendance (sadique) et à l’économie d’une dépense psychique (la retrouvaille du connu et la transgression du code). Lacan évoquera le plaisir pris à la trouvaille et au récit du Witz (dans « Fonction et champ de la parole et du langage », Ecrits).
Le receveur ne « sait » pas de quoi il rit, Freud dit que c’est un processus automatique, le rire jaillit d’autant plus que l’attention consciente du receveur est contournée. La nouveauté de l’idée (Einfall) est primordiale, elle provoque une surprise : sens et en même temps non-sens (« Sinn und gleichzeitig Unsinn“), ébahissement et illumination („Verblüffung und Erleuchtung“ , „Witz“, p.124). Le non-sens agit comme une question qui appelle le sens. Selon Freud, le travail du mot d’esprit enlève (beseitigen) l’inhibition, renforce la tendance en apportant de l’aide venant de motions (Regungen) tenues refoulées, le Witz serait donc au service de tendances refoulées (« Witz », p.127). Quand la tendance refoulée s’est imposée dans le Witz, le rire jaillit (Freud, p.129). « L’inconscient s’éclaire quand on regarde un peu à côté » (Lacan, V, p.22). « Tout discours qui vise la réalité est forcé de se tenir dans une perspective de perpétuel glissement. Le discours ajoute quelque chose de désorganisant, voire de pervers, à cette réalité » (Lacan, V, p.78) – parce qu’il est à côté (comme l’objet fétiche est à côté de son objet naturel). Dans le séminaire V, Lacan dit que dans le Witz, « le passage du sens est frayé par le non-sens qui à cet instant nous étourdit et nous sidère… le non-sens a le rôle de nous leurrer un instant, assez longtemps pour qu’un sens inaperçu jusque-là nous frappe à travers la saisie du mot d’esprit…. C’est un sens en éclair de la même nature que la sidération qui nous a un instant retenu sur le non-sens. » (Lacan, V, p.85/86) (Comme l’imminence d’un changement de discours ?) Par ailleurs,Lacan soutiendra l’hypothèse inverse et dira que le sens ne sert qu’à faire la place du non-sens.
Le grand Autre permettrait d’orienter le non-sens de l’intrusion en sens de la nouveauté. « Ce qui surprend, c’est l’équivoque fondamentale, le passage d’un sens à un autre par l’intermédiaire d’un support signifiant. Il y a là un trou. » (Lacan, V, p.112) « L’Autre authentifie la béance, le trébuchement, le défaut et le restitue au sujet » (ibid). L’Autre authentifie un « trou » et la nouveauté apparaît dans le signifié par l’introduction du signifiant (ibid p.92).
La tromperie implique la référence au grand Autre comme lieu de la parole et comme témoin de la vérité (« Pourquoi tu dis que tu vas à Cracovie… ? »).(Dreyfuss, p.217) « Ce que le « Witz » attaque, ce n’est pas une personne ou une institution, mais la sureté de notre jugement lui-même, qui est l’un de nos biens spéculatifs. » La fréquentation du lieu de l’Autre comme lieu du signifiant (dans l’inconscient) est la source du plaisir spécifique du Witz. (Dreyfuss, p.247) Le tiers accuse réception de la « trouvaille », là où cela veut jouir. Cet accusé de réception se situe-t-il au niveau du sujet/de l’analysant dans l’interprétation ? L’analysant, « comprend »-il la parole de l’analyste, comme le tiers « comprend » le mot d’esprit ?
Un exemple : un rêve Je rapporte en séance un rêve où je me trouve au lit, ma mère me sert un plat chaud composé de petits pois, carottes et d’une côte de porc panée. Un de ces plats bien allemands, un peu lourds à digérer, ai-je ajouté. A la fin de la séance, l’analyste me congédie en disant « Et cela vous a enlevé un petit poi(d)s ? » Le double sens s’ouvre sur pois et poids et déclenche le rire. L’analysant, en tant qu’il parle a cette sincérité qui croit que le signifiant a un sens, un vrai. Comme il croit à la sincérité du grand Autre, sa bonne foi. L’analyste soulève la duplicité, l’ambigüité. L’analysant qui écoute s’aperçoit du manque total de sincérité du signifiant, de sa frivolité. Le tiers du mot d’esprit est l’analysant qui accuse réception de la parole de l’analyste. Peut-on dire pour autant que l’interprétation opportune est comme un trait d’esprit par l’analyste et que l’interprétation à côté est comparable à un Witz qui ne fait pas rire ?
Le récepteur est un tiers extérieur. Dans l’interprétation réussie, celui de qui on rit est l’analysant qui parle. L’acte de la parole modifie le sujet. Celui qui rit est l’analysant qui écoute (l’interprétation de l’analyste ou son propre discours). L’analyste renvoie l’ambigüité du dit, le peu de sens, le « pas » de sens (Lacan) du signifiant, sa torsion (Le peu de sens ou le fait que le sens n’est pas forcément là, où on le croit). L’analysant interprète (« comprend ») la parole de l’analyste. La subjectivation passe par le tiers extérieur. Le tiers donne valeur à ce que dit le sujet (presque comme au stade du miroir ou le regard sur la production artistique etc).
Les critères de mauvaises plaisanteries ou de Witz qui n’en sont pas sont, selon le « Witz » de Freud : La réflexion tue le rire. Si l’expression est longue, détaillée d’explications, saturée de sens, il n’y a pas d’effet comique. Il faut que le trait d’esprit soit bref, facile à comprendre rapidement. L’inhibition doit être levée ou contournée. Les allusions doivent « sauter aux yeux », les omissions doivent être faciles à compléter (Freud, p.141). Il doit exister une certaine connivence entre les personnes, les restes métonymiques du receveur et les restes métonymiques de l’émetteur doivent correspondre un minimum. (La théorie du contre-transfert part-elle de là ?) Les mots d’esprit vieillissent et correspondent à des cercles culturels et linguistiques. Il ne doit pas exister de relation de subordination pour un rire libéré (on ne rit pas avec le président). Si le mécanisme est démonté – par exemple la métaphore dépliée – le Witz s’éteint. Une attention soutenue ou une implication affective empêchent l’“automatisme“ (« Witz », p.204/205). Est-ce applicable à l’interprétation ? Les interprétations assez « directes » de Freud délivrées à ces analysantes, Dora et la jeune homosexuelle, sont qualifiées d’interprétations à côté par Lacan (sém V, p.322).
C - Le Paradoxe comme inscription du Réel dans le Symbolique
Dans « La Troisième » (1974), Lacan avertit le clinicien de ne pas gonfler le symptôme de sens. Dans la cure … ce n’est pas l’effet de sens qui opère dans l’interprétation, mais l’articulation dans le symptôme des significants (sans aucun sens) qui s’y sont trouvés pris…. L’inconscient n’a de sens qu’au champ de l’Autre. (Lacan, Ecrits, p.842) Le signifiant dans l’inconscient est chargé de jouissance en fonction de ses associations au hasard. C’est l’inconscient qui « cherche » le sens – sens fantasmatique inconscient du sujet.
Le sens et le non-sens sont liés par le paradoxe, le Witz et la lettre (Nominé, Le pouvoir du paradoxe). Le paradoxe appelle le sens, comme le non-sens appelle le sens. (L’exemple de la sphinge montre que s’il n’y a pas de trouvaille, on peut en mourir.) Comme le réel appelle le symbolique. Le sophisme vise à faire surgir le non-sens dans le sens, il agite le spectre du non-sens dans l’intervalle entre les signifiants du discours. Pour que le mot d’esprit fonctionne, il faut un sens apparent, une promesse de sens (sinon l’ensemble est absurde), pour que soit libéré « pour un moment le plaisir du non-sens ». Le mot d’esprit a pour visée de déchaîner le non-sens, son sens apparent ne sert qu’à protéger ce plaisir. Le sens est au service du non-sens, « le foncier non-sens de tout usage de sens » (Lacan, IV, p.294). Vu sous cet angle, dans le mot d’esprit, le principe de plaisir cherche le non-sens.
Le Witz comme modèle de l’interprétation L’inconscient joue avec les mots, et l’interprétation fonctionne tout naturellement comme mot d’esprit. (Larousse). Les jeux de mots, l’accentuation de mots ou d’expressions, la ponctuation sont des moyens à la disposition de l’analyste (ceci n’est pas exhaustif).
« … l’essentiel est que le jeu de mot ne nourrisse pas le symptôme de sens » ( La Troisième), l’essentiel est le non-sens. L’inconscient noue le « cela veut dire quelque chose » (du sens) au « cela veut jouir » (du désir). Pour atteindre le non-sens, ou mieux : le hors-sens, il faut passer par le sens (et ne pas s’y arrêter). La surprise, le merveilleux se trouvent au-delà du code.
D - Remarque
L’interprétation est forcément à côté, parce que :
  • Elle passe par le signifiant
  • Le discours est forcément glissement, forcément à côté, comme l’objet fétiche est à côté de son objet naturel
  • On atteint l’inconscient uniquement en « biais », en « regardant un peu à côté », en contournant l’inhibition.
La question de la dimension perverse dans le mot d’esprit : que faisons-nous, quand nous provoquons de la jouissance en racontant des mots d’esprit et quand nous interprétons ? Le mot d’esprit nécessite une connivence entre deux êtres ou un être et une communauté. La transgression du code est sans danger, « pour de rire ». Le mot d’esprit comme réalisation du phallus ressemble à une situation pré-oedipienne, le partage d’une révélation de jouissance où on ne peut jouir qu’en acceptant le primat de l’Autre. La témérité vire en farce. La jouissance reste dépendante de la jouissance d’autrui. Néanmoins, l’authentification par le grand Autre permet une séparation : une coupure qui fait lien. La jouissance phallique est de nature substitutive, donc non pas perverse, car elle n’est pas provoquée pour créer une surprise qui colmate un manque. Dans l’interprétation psychanalytique, l’intervention du psychanalyste propose un trait pouvant aboutir à un sens, à condition que l’analysant décide de ce sens (José Guinart).
Bibliographie
  • Dictionnaire de la psychanalyse, Paris, Larouse,1993
  • Sigmund Freud, « Der Witz und seine Beziehung zum Unbewussten » Studienausgabe, Bd IV, Fischer Verlag, Frankfurt am Main, 1970, p.9-220.
  • Jacques LacanSéminaire IV « La relation d’objet », Paris, Le Seuil, 1994, p.294, 288, 293 Séminaire V « Les formations de l’inconscient » Le Seuil, Paris, 1998. « La Troisième », Lettres de l’Ecole freudienne, 1975, nr 16, p.177-203. « R.S.I. » (inédit), leçon du 11.2.75, citée dans ALI, p.69-76.Jacques Lacan, « Ecrits », Le Seuil, Paris, 1966 ; La signification du phallus, p.685. Fonction et Champ de la parole et du langage, p.237. La position de l’inconscient, p.842.
  • S.Dreyfuss, JM. Jadin, M.Ritter, “Qu’est-ce que l’inconscient ? 2 ; Arcanes, Strasbourg, 1999.
  • B.Nominé, « Le Pouvoir du Paradoxe », Intervention à « Suggérer, Interpréter, Construire », Colloque de l’A.C.F., Toulouse Midi-Pyrénées, 1996.


sábado, 14 de julio de 2012

Tecnología y Decadencia Humanas [Javier J. León]



El progreso técnico y científico, creciendo cada vez más vertiginosamente, ha dado un nuevo enfoque al problema del hombre ensombreciendo, paradójicamente, el misterio que lo envuelve. Toda esta serie de avances han situado al hombre en un mundo desmesuradamente grande, compuesto por cien mil millones de galaxias que, a su vez, están compuestas por cien mil millones de estrellas y no sé cuántos mundos diferentes1. Pero al mismo tiempo, el progreso científico ha “engrandecido” al hombre al grado de poder decir que es capaz de sondear hasta los más recónditos límites del macro y microcosmos, del Tera al Nanouniverso; análogo a la filosofía de Bacon y sus sucesores para quienes el moderno – y en nuestro caso, el postmoderno – es el verdadero merecedor de elogios y no los verdaderos sabios en quienes fundamentamos nuestro conocimiento actual de la naturaleza y el mundo (Calinescu, 1991: 34). Cuanto más engrandece la ciencia al Universo, tanto más se engrandecen los medios de su penetración y de su “dominio”; y es precisamente el progreso de estos instrumentos experimentales y teóricos la causa que permite la ampliación de nuestro mundo, conduciéndonos así a un progresivo empequeñecimiento del hombre: “la cultura que perdió hace tiempo el genio de su origen, se convierte en afectación, ahoga la espontaneidad de sus miembros y arruina en consecuencia su capacidad de renovarse” (Hernández-Pacheco, 1995: 167).
Así pues, la paradoja del hombre – tan evidente a la luz de la ciencia contemporánea – no es más que la misma que lo ha aquejado durante siglos y siglos: pequeño y limitado en su ser físico, pero ilimitado e infinito en sus posibilidades de conocimiento y aspiraciones; infinitamente pequeño en sí mismo pero anhelante de alcanzar lo infinitamente grande. No soporta ser el enano montado en hombros de gigantes... Pero ¿cuál es el origen de esta paradoja y cómo podemos tener acceso al misterio del hombre? Un breve análisis de los factores fundamentales del progreso técnico y científico en su desarrollo histórico tal vez nos permita ponernos sobre la pista para encontrar dicha clave. Bien dijo Freud (1926 [1925]): “Si no podemos ver claro, al menos veamos mejor las oscuridades” (p. 61).
Es innegable que, en la humanidad primitiva, la invención técnica surge bajo la presión de las más urgentes necesidades vitales: comer, beber, protegerse de la intemperie y de la fauna salvaje. Así, la humanidad halló pronto los medios rudimentarios y suficientes para su subsistencia, sin los cuales pronto hubiese perecido en su lucha por sobrevivir. Conforme el hombre fue sedentarizándose, los avances técnicos comenzaron a ser cada vez más evidentes, principalmente en materia de construcción de viviendas (igloos, cabañas de diversos materiales…). Pero dicha satisfacción habría de alcanzar pronto su saturación y el impulso de progreso tomaría un lugar preponderante sobre aquellas necesidades básicas. Algunos historiadores y sociólogos afirman que este salto fue dado en el mismo momento en que el hombre primitivo, lleno de terror ante la naturaleza misteriosa e incomprensible, tendió a ver en cada objeto o fenómeno la presencia de un espíritu. Sin embargo, si bien el animismo y la magia pudieron haber favorecido el desarrollo de una técnica rudimental por la fabricación de los instrumentos necesarios para los rituales sagrados, más bien devinieron en una grave barrera contra el proceso científico. El animismo, de hecho, desarrolla en el hombre primitivo tal respeto y terror de los seres de la naturaleza que lo imposibilita para echar mano de ellos sin una absoluta necesidad. He ahí una de las raíces de la negación religiosa de los instintos y las pasiones a la que Nietzsche tanto critica:

Todo naturalismo en la moral, es decir, toda moral sana está regida por un instinto de vida […] La moral contranatural, es decir, casi toda moral hasta ahora enseñada, venerada y practicada se dirige, por el contrario, precisamente contra los instintos de la vida; es una condena, a veces encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos (Ladrón, s/f: 2).

En contraste, el hombre también logró cierta afinidad entre las obras de la naturaleza y su propia actividad. Así es que, seguramente, surgieron el arte y la técnica concebidas como imitación de la naturaleza, alejándose más y más de las antiguas formas artísticas destinadas a la idolatría y a la compensación del uso de recursos terrenales característicos, principalmente, del arte prehistórico y egipcio. Pero la experiencia nos muestra que el plagiarla, con frecuencia nos conduce a la catástrofe. Nietzsche (1878) afirma sobre los artistas que “la vocación de casi todos los hombres, incluso los artistas, comienza por hipocresía, por la imitación de lo exterior, por copiar lo que causa efecto” (p. 28). El caso de Ícaro es el que probablemente ejemplifique mejor tal hecho. A partir de lo anterior, podemos inferir que la ciencia y la técnica pueden sacar de la naturaleza y la observación directa la primera inspiración para sus descubrimientos pero, para que éstos lleguen a progresar, es necesario apartarse de la naturaleza por vías nuevas, mismas que ella nos muestra y nos negamos a observar conscientemente.
Sin duda, durante muchos siglos, los hombres primitivos hicieron girar troncos de árbol antes de que a alguno se le ocurriera la idea de cortar una sección del mismo tronco para obtener la rueda; tenemos así un primer proceso de abstracción, mismo que da lugar a un sistema técnico que podría definirse como semiartificial, pues aún está íntimamente relacionado con la naturaleza. Conforme pasó el tiempo, el hombre percibió los defectos de este sistema y se encaminó a una segunda abstracción, creadora de una técnica netamente artificial. Así es que surgen las ruedas de hierro y otros materiales, apartándose cada vez más del modelo ofrecido por el mundo natural. Toda esta serie de abstracciones cada vez más complicadas son las que condujeron al hombre hacia la civilización. Los grandes pueblos civiles de la antigüedad han sido aquellos en los cuales el dominio de la idea y la razón sobre las exigencias materiales, vitales y económicas ha prevalecido. Y qué mejor ejemplo que la civilización greco-romana, y más específicamente la latino-cristiana, misma que llegó a desarrollarse hasta alcanzar la ciencia moderna. En este logro, el elemento determinante es el factor espiritual e ideal, la concepción preponderante de la naturaleza y de la vida en perfecta homeostasis entre la tendencia especulativa del conocimiento y la tendencia práctica de la acción. Cuando los intelectuales de determinado pueblo se interesan exclusivamente en la teoría, en la filosofía y en la dialéctica, la ciencia – en sentido moderno – y la técnica permanecerán estancadas, justo como sucedió con el orfismo y el platonismo griego, y más claramente, con la civilización bizantina. El ideal humano se sitúa en la mera contemplación, despreciando la realidad material y todos los valores terrestres, como si el hombre no estuviera compuesto tanto de alma como de cuerpo. Así es que se pierde un ideal que podría denominarse prometeico en aras de otro netamente apolíneo. Incluso el Código Bushido plantea esta problemática y afirma que la única solución posible es el saber morir en cada instante de nuestra vida, vivir el instante, el aquí y ahora; sumirse en el eterno presente en vez de abandonar el campo de batalla cotidiano2. En contraste, el serio e incesante progreso científico halla su impulso y explicación únicamente en el reconocimiento teórico y práctico de la naturaleza dual del hombre como compuesto esencial de materia y espíritu. Tal vez esta es la clave para la solución del misterio del hombre… Así pues, el pensamiento, sustraído a las condiciones esenciales de cada acción material, es necesariamente una actividad inmaterial y puramente espiritual. Únicamente lo inmaterial puede ser capaz de conocer y conocerse a sí mismo por reflexión completa sobre el propio acto y sobre la propia naturaleza: cogito ergo sum. Hegel (1981) decía que la autoconsciencia se presenta fuera del sí mismo:

[…] en primer lugar, la autoconciencia se ha perdido a sí misma, pues se encuentra como otra esencia; en segundo lugar, con ello ha superado a lo otro, pues no ve tampoco a lo otro como esencia, sino que se ve a sí misma en lo otro (p. 113).

Es cierto que la humanidad tiene hoy entre sus manos los instrumentos capaces de dar al mundo ventajas impresionantes a los fines del bienestar y de la felicidad material y espiritual, todo en aras de librarse de la presión de la necesidad y la miseria. Pero, al mismo tiempo, también tiene los instrumentos capaces de su propia autodestrucción. El inicio de una tercera guerra mundial podría representar el fin de la humanidad, misma que caería víctima de su propio progreso técnico y científico. Marshall Berman (1988) menciona que “algunos tipos muy importantes de sentimientos humanos mueren cuando nacen las máquinas” (p. 12). Entonces, ¿Deberíamos condenar este progreso e imprecar contra la ciencia como el peor enemigo de la humanidad? ¿Es acaso posible detenerlo, volver todo atrás a un tiempo primitivo donde prescindíamos de máquinas y laboratorios? Considero esta mera hipótesis un tanto absurda, pues la humanidad caería en el caos y sería fácilmente aniquilada por las epidemias y toda una serie de desgracias a las que ya no estamos acostumbrados como en siglos pasados. Aún podemos sentir cierta nostalgia de carácter romántico por un pasado sin ciencia ni técnica, pero el estado actual del mundo no haría aquello factible de ningún modo. Entonces, ¿Cómo es que podemos evitar tal autodestrucción, física y espiritualmente hablando?
Con el progreso científico y técnico, la humanidad ha visto crecer de manera desmesurada su cuerpo y sus fuerzas físicas; si deseamos sobrevivir, debemos desarrollar en forma proporcional nuestras fuerzas y energías espirituales y morales, dicho esto último en un sentido estrictamente nietzscheano3. En resumen, el hombre es un organismo complejo y su bien total exige un desarrollo orgánico y armónico de todos sus miembros y facultades. El desarrollo sin medida de un solo órgano podría derivar en un desequilibrio total que atentaría contra la vida del organismo como una entidad compleja.
La arrogancia y voracidad características del hombre actual no están sino llevándonos a la pérdida de ese equilibrio tan necesario entre lo físico y lo espiritual; si es que no logramos controlarlo, nuestro fin como civilización llegará antes de lo que esperamos y la capacidad de razonamiento característica del ser humano no habrá tenido utilidad alguna. ¿Qué sentido tiene hablar de una autoconciencia si pronto no existirá ese otro que nos la confirme? ¿El único fin de la tecnología manufacturada por el mismo hombre es el propio autoexterminio? Sólo tiempo y circunstancia nos dirán si el desenlace de esta problemática será en beneficio o en detrimento de la civilización como la conocemos pues lo expuesto en este breve ensayo no es producto sino de una opinión netamente subjetiva y claramente fundamentada en la experiencia personal y el análisis de varios pensadores anteriores que, como un servidor, encuentran preocupante y alarmante la situación actual de un mundo en decadencia.



NOTAS

1 El calendario cósmico, popularizado en la obra Los Dragones del Edén de Carl Sagan, es perfecto ejemplo de ello: la historia de la humanidad entera ocupa apenas un día en comparación con las edades del Universo.

2 Resulta interesante observar como una gran cantidad de autores tales como Georges Bataille, e incluso Octavio Paz, han retomado esta filosofía, entregándola en las inexpertas manos del occidental.

3 Es de todos conocida la doctrina de Nietzsche, que pone la voluntad de poder como fundamento y norma de la actividad humana. En la historia, según este autor, se han realizado dos éticas, a saber, la de los dueños o señores y la del rebaño. La ética del dueño o señor era el ideal de la antigüedad clásica, cuya virtud se centraba en la virilidad, la afirmación, el valor físico y moral, el dominio de sí mismo y de los otros. En cambio, la ética del rebaño, derivada del pueblo hebreo, ponía la moral en el espíritu de sumisión y servilismo, que no es sino la necesidad de auxilio y confesión de debilidad; el amor del peligro y el deseo de potencia fueron sustituidos por el deseo de paz y seguridad, la fuerza por la astucia y el orgullo por la compasión. El débil se alza contra el libre y el potente mediante ídolos y condenación moral, pero el hombre superior debe burlarse de ello y proclamar la muerte de Dios, afirmando con mayor intensidad su libertad y voluntad de poder.



Referencias

  • Berman, M. (1988). Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Madrid: Siglo XXI.
  • Calinescu, M. (1991). Cinco caras de la modernidad. Madrid: Tecnos.
  • Freud, S. (1926 [1925]). Inhibición, síntoma y angustia. Obras Completas [SE, Tomo XX]. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Hegel, G.W.F. (1807). Fenomenología del Espíritu. México: FCE.
  • Hernández-Pacheco, J. (1995). La conciencia romántica. Madrid: Tecnos.
  • Ladrón, S. (s/f). Crepúsculo de los Ídolos. Introducción a la Filosofía de Nietzsche en A Parte Rei, Revista de Filosofía.
  • Nietzsche, F. (1878). Humano, demasiado Humano. México: Edtitores Mexicanos Unidos.
  • __________ (1932 [Obra póstuma]). La Voluntad de Dominio. Obras Completas [Tomo VIII]. Madrid: Libera los Libros.
  • ___________ (1887). La Genealogía de la Moral. España: Edición Digital.



miércoles, 11 de julio de 2012

Sobre la Fantasía Inconsciente de un Caso Ginecológico poco Estudiado [Javier J. León]



En la relativamente corta historia del psicoanálisis, infinidad de autores se han dado a la tarea de elaborar explicaciones e interpretaciones concernientes a la psicodinamia de trastornos y padecimientos graves – ya sean médicos o netamente psicológicos –, cuya influencia en el psiquismo del aquejado atrae el interés así de doctos como de legos. En virtud de lo anterior, y con miras a formar parte de esta gran cadena de pequeños investigadores, me he propuesto teorizar la fantasía inconsciente de la señorita R., joven mujer de 22 años de edad cuyo padecimiento sindromático amenaza la estabilidad de su ya debilitada estructura psíquica.
El Síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser (MRKH, en adelante) consiste, básicamente, en agenesia vaginal y malformaciones congénitas del útero – entre otras manifestaciones; esto, dependiendo del tipo: I (aislada) o II (asociada a otros defectos: auditivos, renales y musculoesqueléticos, predominantemente) (Morcel, Camborieux, PRAM & Guerrier, 2007) –. A pesar de haber sido descrito por primera vez en 1559 por Realdus Columbus, no es sino hasta 1829 que, Mayer, ubica dicha anomalía en comorbilidad con otras, siendo Rokitansky (1838), Küster (1910) y Hauser (1961) los que confirmaran y aportaran nuevos datos a los anteriormente encontrados (Lau, Molina, Andrino & Reyes Martínez, 2009). No queda del todo clara la etiología exacta de este síndrome (Sultan, Biason-Lauber & Philibert, 2009), sin embargo, se sabe que tiene lugar en etapas tempranas del desarrollo fetal en las que el sexo del mismo se encuentra aún indiferenciado (Jonguitud Aguilar, León Arias & Reynaga Ortega, 2010). En suma, los datos epidemiológicos varían dependiendo del autor, pero la mayoría concuerda en que la incidencia es de 1 en 4,000 o de 1 en 5,000 nacimientos (Sultan et al., 2009). Empero, dejemos estas descripciones a médicos y especialistas en materia fisiológica y avoquémonos a lo que a nuestra labor analítica compete.
          Teniendo siempre en cuenta la ética profesional, limitaré la discusión del caso que a continuación reseñamos para proteger a la paciente en cuyo caso nuestras elucidaciones se encuentran concentradas.
La señorita R. acude al Departamento de Psicología de la Institución P. por una preocupación exacerbada acerca del reciente diagnóstico de MRKH; sin embargo, no es lo único que la aqueja. Cursa con sueños de angustia en los que, según ella misma refiere, se vé a sí misma privada de voz e intentando gritar para dar alcance a un personaje a quien no identifica. Al desarrollo de la entrevista, encontramos que sus relaciones objetales primarias fueron turbias y poco gratificadoras: un padre castrador e inconsistente que la devalúa en todo momento y una madre histérico-pasiva en cuyo seno no puede encontrar solaz ni consuelo, misma que la enjuicia con frecuencia señalando que una mujer nunca podrá ser valorada si no deviene madre; figuras ambas que nos llevan a pensar en introyectos destruidos, sádicos y poco sostenedores. En contraste, todo indica que la abuela materna – mujer de la que es separada por determinadas circunstancias, mismas que no comentaremos – es un objeto bueno, rescatador, en cuya representación simbólica recae la poca estabilidad que aún conserva la paciente. A partir de este minúsculo fragmento, creo posible una elaboración – breve, pero concisa – de nuestras hipótesis sobre este caso tan particular.
En sus Tres Ensayos sobre Teoría Sexual, Freud (1905) nos deja en claro su postura ante la formación identitaria de la sexualidad tanto del varoncito como de la pequeña fémina, en la que el complejo de castración y la envidia del pene juegan un papel preponderante. Sin embargo, y a partir de las formulaciones teóricas de importantes estudiosos como fueran Karen Horney, Melanie Klein e incluso Ernest Jones, la postura freudiana ortodoxa es refutada (Etchegoyen & Arensburg, 1977).

Todos estos autores afirman explícita o implícitamente que la niña conoce su cuerpo a través de sensaciones éxtero, íntero y propioceptivas y de las fantasías concomitantes. Del mismo modo, el niño tiene un conocimiento temprano de la vagina como órgano que ha de contener el pene (como la boca contiene el pezón y el recto el cilindro fecal) (ibid).

Entonces, ¿qué fantasías internas prevalecen en la mente de la señorita R.? Pensemos en el desarrollo temprano. Queda claro que, en la posición esquizo-paranoide (Klein, 1946), el infante concentra sus pulsiones oral libidinales y oral sádicas en la madre, misma que supone un objeto parcializado: ora gratificante, ora frustradora (Klein, 1952). Así pues, y cada vez que la satisfacción le es denegada, aquél profiere ataques fantaseados que pueden presentarse en 2 formas: ataque oral, en el que el cuerpo de la madre es vaciado de todo lo bueno y deseable; o bien, ataque anal, en el que el cuerpo de la misma es invadido por objetos propios destruidos vía identificación proyectiva (ibid). La ansiedad persecutoria nace de estas 2 modalidades pues, ya sea el vaciamiento de la madre o la invasión masiva de su vientre, suponen el peligro de retaliación o de dominio por parte del objeto atacado (Segal, 1982), similar a lo que ocurre cuando el tirano meltzeriano aparece en la escena primaria interna (Meltzer, 1974), ya sea disfrazado como alguno de los 5 participantes básicos o como un sexto en discordia.
Tomando como base el marco teórico de las escuelas kleiniana y postkleiniana, así como las pequeñas pistas clínicas del caso R., podemos asumir que la persecución y ataque reales proferidos por sus padres, principalmente, se sumaron a las proyecciones agresivas de la propia paciente, deviniendo la mutilación “real” – y fantasmática a la vez – de su cuerpo: la eliminación total de sus capacidades procreativas. Por tanto, sus gritos tienen que ser acallados; el mutismo es la mejor defensa que su Yo ha encontrado para evitar consecuencias peores como la despersonalización o incluso la desintegración masiva. En suma, y análogo a estas fantasías, clama por la presencia de objetos auxiliares que la sostengan en este período confuso y aversivo. Desafortunadamente, esta no es sino una interpretación somera del sueño que nos narra, mas su veracidad podría ser comprobable únicamente mediante un análisis más exhaustivo y profundo al que sólo el psicoanálisis o técnicas afines podrían acceder. Ahora bien, si sus pulsiones agresivas no hallaron el sustento y rêverie (Bion, 1975) necesarios en sus padres, todo indica que su abuela funge como objeto interno bueno y continente, por lo que las ansiedades de nuestra paciente devinieron tanto más tolerables que si ésta no hubiese estado presente. A pesar de ello, sus relaciones interpersonales fuera del núcleo familiar oscilan entre la reparación maníaca y la propiamente dicha, a saber: R. sostiene una relación de noviazgo con K., sujeto con quien no tiene intereses en común y afirma no querer, pero al que no dejará por ser una persona noble. Podemos pensar en una búsqueda auténtica por no dañar al objeto pero, más concretamente, en una tendencia que la protegerá de la retaliación al abandonar al mismo. Lo anterior apunta a mecanismos de defensa arcaicos, pero no por ello podemos ubicarla en los niveles intermedios o inferiores propuestos por Kernberg (1979) pues, como bien menciona Jean Bergeret (1974), todo mecanismo de defensa puede aparecer en estructuras antitéticas a su naturaleza y la estructura de R. es claramente neurótica.
Citando a Hinshelwood (2004): “El impulso para explorar objetos nuevos y ampliar el mundo del infante nace de la ofensa, la pérdida y las fantasías terribles concomitantes”; así pues, y a pesar de todas las vicisitudes evidentes – tanto psicológicas como sociales –, el pronóstico de R. es bueno y no podemos sino pensar que una psicoterapia bien llevada le será de gran apoyo; lo anterior, en coadyuvancia con las novedades de la medicina actual –quirúrgicas y no quirúrgicas – pues, el bienestar del paciente, recae en los hombros no sólo de médicos sino de especialistas de la salud mental, ambas partes interesadas en la mejoría de su calidad de vida y estabilidad emocional.
El presente ensayo constituye, en cierta forma, una suerte de denuncia cuya meta es exhortar al clínico a explorar más allá del mundo de las enfermedades y trastornos mentales contenidos, por citar una publicación, en el Manual Diagnóstico de Enfermedades Mentales (DSM IV), puesto que el cerrarnos al conocimiento de otro tipo de padecimientos – en este caso, ginecológicos –, no nos lleva sino a limitar nuestra experiencia profesional y de vida, sometiéndonos a un conformismo postmoderno en el que las recetas son el pan de cada día y la creatividad parece estar menguando en detrimento de la fantasía y el pensamiento humanos.

REFERENCIAS

Bibliográficas

-          Bergeret, J. (1974). La Personalidad Normal y Patológica. Barcelona: Gedisa.
-          Bion, W.R. (1975). Aprendiendo de la Experiencia. Buenos Aires: Paidós.
-          Etchegoyen, R.H. & Arensburg, B. (1977). Estudios de Clínica Psicoanalítica sobre la Sexualidad. Buenos Aires: Nueva Visión.
-          Freud, S. (1905). Tres Ensayos sobre Teoría Sexual [Obras Completas. Tomo VII]. Buenos Aires: Amorrortu.
-          Hinshelwood, R.D. (2004). Diccionario del Pensamiento Kleiniano. Buenos Aires: Amorrortu.
-          Kernberg, O. (1979). La Teoría de las Relaciones Objetales y el Psicoanálisis Clínico. Buenos Aires: Paidós.
-          Klein, M. (1946). Notas sobre algunos Mecanismos Esquizoides [Obras Completas. Tomo 3]. Buenos Aires: Paidós.
-          _________ (1952). Algunas Conclusiones Teóricas sobre la Vida Emocional del Bebé [Obras Completas. Tomo 3]. Buenos Aires: Paidós.
-          Meltzer, D. (1974). Estados Sexuales de la Mente. Buenos Aires: Kargierman.
-          Segal, H. (1982). Introducción a la Obra de Melanie Klein. Barcelona: Paidós.

Hemerográficas
-          Chacón Barboza, A. Síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser. Agenesia Congénita Vaginal (Caso Clínico). Revista Médica de Costa Rica y Centroamérica, 2010; 67 (592): 135-138.
-          Jonguitud Aguilar,A.; León Arias, J.A. & Reynaga Ortega, C.D. Amenorrea Primaria: A Propósito de un Caso con el Síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser. Revista Mexicana de Pediatría, Mayo-Junio 2010; 77 (3): 123-127.
-          Lau, J; Molina, W.; Andrino, R. & Reyes Martínez, C.A. Síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser. Revista Centroamericana de Obstetricia y Ginecología, Enero-Marzo 2009; 14 (1): 11-14.
-          Morcel, K; Camborieux, L.; Programme de Recherches sur les Aplasies Müllérienes (PRAM) & Guerrier, D. Review. Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser (MRKH) Syndrome. Orphanet Journal of Rare Diseases, 2007; 2 (13).
-          Sultan, Ch.; Biason-Lauber, A. & Philibert, P. Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser Syndrome: Recent Clinical and Genetic Findings. Gynecologycal Endocrinology, January 2009; 25 (1): 8-11.

Electrónicas
-          http://www.fecasog.org
-          http://www.inper.edu.mx
-          http://new.medigraphic.com/cgi-bin/publicaciones.cgi?IDREVISTA=76
-          http://ninfasderokitansky.blogspot.mx