El psicoanálisis -a quien parece
corresponder la tarea de destruir cualquier mística- ha conseguido descubrir la
lógica simple y, podría decirse, ingenua a la que obedece la diplomacia médica
más compleja. Ha hallado en la transferencia sobre el médico el factor eficiente
de toda sugestión médica y ha constatado que en último término esta transferencia
no hace más que repetir la relación infantil erótica con los padres, con la madre
benevolente o el padre severo, y que depende de la historia o de la
predisposición constitucional del paciente el que éste sea sensible a una u
otra forma de sugestión.
El psicoanálisis ha descubierto,
pues, que los enfermos nerviosos son como los niños y desean ser tratados como
tales. Algunas personas médicas dotadas de intuición lo sabían ya antes que
nosotros, al menos se comportaban como si lo supieran. Así se explica la fama
de algunos médicos de sanatorios, «amables» o «groseros». El psicoanalista, por
su parte, no tiene el derecho de ser dulce y complaciente o rudo y grosero
según su gusto, esperando que el psiquismo del enfermo se adapte al carácter
del médico. Es preciso que sepa dosificar su simpatía e incluso
interiormente nunca debe abandonarse a sus afectos, pues el hecho de ser
dominado por tales afectos, e incluso por pasiones, constituye un terreno poco
favorable a la aceptación y a la asimilación correcta de los datos analíticos.
Pero al ser el médico sin embargo un ser humano y como tal susceptible de
humores, simpatías, antipatías y también arrebatos impulsivos -sin una tal sensibilidad
no sería capaz de comprender las luchas psíquicas del paciente-, está obligado durante
todo el proceso del análisis a realizar una doble función: por una parte debe observar
al paciente, examinar sus dichos y construir su inconsciente a partir de sus palabras
y de su comportamiento; por otra parte debe controlar constantemente su propia actitud
respecto al enfermo y si es necesario rectificarla, es decir, dominar la contratransferencia
(Freud). La
condición previa para esto es naturalmente que el médico haya sido analizado.
Sin embargo. aunque lo esté, no podría franquear las particularidades de su
carácter y las fluctuaciones de su humor hasta el punto de hacer superfluo el
control de la contratransferencia.
Es difícil decir de una manera
general cómo debe efectuarse el control de la contratransferencia: las
posibilidades son demasiado numerosas en este terreno. Para hacerse una idea,
lo mejor es tomar ejemplos de la experiencia. Al comienzo de la práctica
psicoanalítica, apenas se adivinan los peligros que pueden venir por ese
lado. Vive uno en
la euforia que proporciona el primer contacto con el inconsciente; el entusiasmo
del médico se comunica al paciente y el psicoanalista debe a esta afortunada seguridad
algunos éxitos terapéuticos sorprendentes. Indudablemente, la parte del
análisis en tales éxitos es más bien escasa y pertenece a la pura sugestión,
dicho de otro modo, se trata de éxitos de la transferencia. En la euforia de la
luna de miel del análisis, está uno muy lejos de tomar en consideración la
contratransferencia y menos aún de dominarla. Se sucumbe a todos los afectos
que puede suscitar la relación médico-enfermo, se deja uno influenciar por las
molestias de los enfermos, incluso por sus fantasías, y hasta se indigna uno
contra todos aquellos que le son hostiles o les hacen mal. En una palabra, el
médico hace suyos todos los intereses del enfermo y se extraña cuando éste, en
quien su conducta ha despertado probablemente esperanzas vanas, manifiesta
repentinamente exigencias pasionales. Las mujeres piden al médico que se case
con ellas, los hombres que dialogue con ellos, y todos deducen de sus palabras
argumentos apropiados para justificar sus pretensiones. Naturalmente, tales
dificultades se superan fácilmente durante el análisis; se invoca su naturaleza
transferencial y se les utiliza como material para proseguir el trabajo. Pero
también puede hablarse de los casos en que los médicos que practican bien sea
una terapéutica no analítica, bien un análisis silvestre son objeto de
acusaciones o de inculpaciones judiciales. Los pacientes develan en sus
acusaciones el inconsciente del médico. El médico entusiasta que en su deseo de
curar y de explicar pretende “comprometer’ a sus pacientes, olvida los signos,
pequeños y grandes, del atractivo inconsciente que siente hacia ellos, tanto
hombres como mujeres, pero éstos los perciben perfectamente y deducen la
tendencia que los origina, sin sospechar que el médico no tenía conciencia de
ello. Cosa curiosa, en este tipo de asuntos ambas partes tienen razón. El
médico puede jurar que, conscientemente, sólo pensaba en curar a su enfermo;
pero también el paciente tiene razón, pues el médico se ha colocado
inconscientemente como protector de su cliente y lo ha dejado ver a través de
diversos indicios.
La trayectoria psicoanalítica nos
preserva evidentemente de tales problemas. Sin embargo, puede ocurrir que un
control insuficiente de la contratransferencia sitúe al enfermo en un estado
imposible de resolver, que le servirá de pretexto para interrumpir la cura. Resignémonos
a que el aprendizaje de esta regla técnica del psicoanálisis cueste un paciente
al médico. En lo sucesivo, cuando el psicoanalista ha aprendido pacientemente a
evaluar los síntomas de la contratransferencia y consigue controlar todo lo que
podía dar lugar a complicaciones en sus actos, sus palabras, o sus
sentimientos, corre entonces el peligro de caer en el otro extremo, de
convertirse en demasiado duro y esquivo con el paciente; lo cual retrasaría o incluso
haría imposible la aparición de la transferencia, condición previa para el
éxito de todo psicoanálisis. Podría definirse esta segunda fase como la de la
resistencia a la contratransferencia. Una ansiedad desmesurada a este respecto
no es la actitud correcta, y sólo tras haber superado este estadío puede el
médico alcanzar el tercero: el del dominio de la contratransferencia. Sólo
cuando haya llegado a él, o sea, una vez asegurado de que la vigilancia
ejercida sobre este efecto dará enseguida la alerta si sus sentimientos
respecto al paciente amenazan con desbordar la justa medida tanto en sentido
negativo como en positivo, podrá el médico «dejarse llevar» durante el
tratamiento como exige la cura psicoanalítica.
La terapéutica analítica plantea,
pues, al médico exigencias que parecen contradecirse radicalmente. Le pide por
una parte dejar libre curso a sus asociaciones y a sus fantasías, dejar hacer a
su
propio inconsciente; Freud
nos indica que es la única manera de que disponemos para captar intuitivamente
las manifestaciones del inconsciente, disimuladas en el contenido
manifiesto de las palabras y de los comportamientos del paciente. Por otra parte,
es preciso que el médico someta a un examen metódico el material proporcionado por
el paciente y el aportado por él mismo, y solamente este trabajo intelectual
debe guiarle en lo sucesivo tanto en sus palabras como en sus acciones. Con el
tiempo aprenderá a interrumpir este estado de dejarse llevar por determinados
signos automáticos provenientes del preconsciente y a sustituirlos por una
actitud crítica. Sin embargo, esta oscilación permanente entre el libre juego
de la imaginación y el examen crítico pide al médico algo que no exige en
ningún otro campo de la terapéutica: una libertad y una movilidad de los bloqueos
psíquicos exentos de toda inhibición.
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