viernes, 17 de agosto de 2012

Dominio de la Contratransferencia [Sandor Ferenczi]


El psicoanálisis -a quien parece corresponder la tarea de destruir cualquier mística- ha conseguido descubrir la lógica simple y, podría decirse, ingenua a la que obedece la diplomacia médica más compleja. Ha hallado en la transferencia sobre el médico el factor eficiente de toda sugestión médica y ha constatado que en último término esta transferencia no hace más que repetir la relación infantil erótica con los padres, con la madre benevolente o el padre severo, y que depende de la historia o de la predisposición constitucional del paciente el que éste sea sensible a una u otra forma de sugestión.

El psicoanálisis ha descubierto, pues, que los enfermos nerviosos son como los niños y desean ser tratados como tales. Algunas personas médicas dotadas de intuición lo sabían ya antes que nosotros, al menos se comportaban como si lo supieran. Así se explica la fama de algunos médicos de sanatorios, «amables» o «groseros». El psicoanalista, por su parte, no tiene el derecho de ser dulce y complaciente o rudo y grosero según su gusto, esperando que el psiquismo del enfermo se adapte al carácter del médico. Es preciso que sepa dosificar su simpatía e incluso interiormente nunca debe abandonarse a sus afectos, pues el hecho de ser dominado por tales afectos, e incluso por pasiones, constituye un terreno poco favorable a la aceptación y a la asimilación correcta de los datos analíticos. Pero al ser el médico sin embargo un ser humano y como tal susceptible de humores, simpatías, antipatías y también arrebatos impulsivos -sin una tal sensibilidad no sería capaz de comprender las luchas psíquicas del paciente-, está obligado durante todo el proceso del análisis a realizar una doble función: por una parte debe observar al paciente, examinar sus dichos y construir su inconsciente a partir de sus palabras y de su comportamiento; por otra parte debe controlar constantemente su propia actitud respecto al enfermo y si es necesario rectificarla, es decir, dominar la contratransferencia (Freud). La condición previa para esto es naturalmente que el médico haya sido analizado. Sin embargo. aunque lo esté, no podría franquear las particularidades de su carácter y las fluctuaciones de su humor hasta el punto de hacer superfluo el control de la contratransferencia.

Es difícil decir de una manera general cómo debe efectuarse el control de la contratransferencia: las posibilidades son demasiado numerosas en este terreno. Para hacerse una idea, lo mejor es tomar ejemplos de la experiencia. Al comienzo de la práctica psicoanalítica, apenas se adivinan los peligros que pueden venir por ese lado. Vive uno en la euforia que proporciona el primer contacto con el inconsciente; el entusiasmo del médico se comunica al paciente y el psicoanalista debe a esta afortunada seguridad algunos éxitos terapéuticos sorprendentes. Indudablemente, la parte del análisis en tales éxitos es más bien escasa y pertenece a la pura sugestión, dicho de otro modo, se trata de éxitos de la transferencia. En la euforia de la luna de miel del análisis, está uno muy lejos de tomar en consideración la contratransferencia y menos aún de dominarla. Se sucumbe a todos los afectos que puede suscitar la relación médico-enfermo, se deja uno influenciar por las molestias de los enfermos, incluso por sus fantasías, y hasta se indigna uno contra todos aquellos que le son hostiles o les hacen mal. En una palabra, el médico hace suyos todos los intereses del enfermo y se extraña cuando éste, en quien su conducta ha despertado probablemente esperanzas vanas, manifiesta repentinamente exigencias pasionales. Las mujeres piden al médico que se case con ellas, los hombres que dialogue con ellos, y todos deducen de sus palabras argumentos apropiados para justificar sus pretensiones. Naturalmente, tales dificultades se superan fácilmente durante el análisis; se invoca su naturaleza transferencial y se les utiliza como material para proseguir el trabajo. Pero también puede hablarse de los casos en que los médicos que practican bien sea una terapéutica no analítica, bien un análisis silvestre son objeto de acusaciones o de inculpaciones judiciales. Los pacientes develan en sus acusaciones el inconsciente del médico. El médico entusiasta que en su deseo de curar y de explicar pretende “comprometer’ a sus pacientes, olvida los signos, pequeños y grandes, del atractivo inconsciente que siente hacia ellos, tanto hombres como mujeres, pero éstos los perciben perfectamente y deducen la tendencia que los origina, sin sospechar que el médico no tenía conciencia de ello. Cosa curiosa, en este tipo de asuntos ambas partes tienen razón. El médico puede jurar que, conscientemente, sólo pensaba en curar a su enfermo; pero también el paciente tiene razón, pues el médico se ha colocado inconscientemente como protector de su cliente y lo ha dejado ver a través de diversos indicios.

La trayectoria psicoanalítica nos preserva evidentemente de tales problemas. Sin embargo, puede ocurrir que un control insuficiente de la contratransferencia sitúe al enfermo en un estado imposible de resolver, que le servirá de pretexto para interrumpir la cura. Resignémonos a que el aprendizaje de esta regla técnica del psicoanálisis cueste un paciente al médico. En lo sucesivo, cuando el psicoanalista ha aprendido pacientemente a evaluar los síntomas de la contratransferencia y consigue controlar todo lo que podía dar lugar a complicaciones en sus actos, sus palabras, o sus sentimientos, corre entonces el peligro de caer en el otro extremo, de convertirse en demasiado duro y esquivo con el paciente; lo cual retrasaría o incluso haría imposible la aparición de la transferencia, condición previa para el éxito de todo psicoanálisis. Podría definirse esta segunda fase como la de la resistencia a la contratransferencia. Una ansiedad desmesurada a este respecto no es la actitud correcta, y sólo tras haber superado este estadío puede el médico alcanzar el tercero: el del dominio de la contratransferencia. Sólo cuando haya llegado a él, o sea, una vez asegurado de que la vigilancia ejercida sobre este efecto dará enseguida la alerta si sus sentimientos respecto al paciente amenazan con desbordar la justa medida tanto en sentido negativo como en positivo, podrá el médico «dejarse llevar» durante el tratamiento como exige la cura psicoanalítica.

La terapéutica analítica plantea, pues, al médico exigencias que parecen contradecirse radicalmente. Le pide por una parte dejar libre curso a sus asociaciones y a sus fantasías, dejar hacer a su propio inconsciente; Freud nos indica que es la única manera de que disponemos para captar intuitivamente las manifestaciones del inconsciente, disimuladas en el contenido manifiesto de las palabras y de los comportamientos del paciente. Por otra parte, es preciso que el médico someta a un examen metódico el material proporcionado por el paciente y el aportado por él mismo, y solamente este trabajo intelectual debe guiarle en lo sucesivo tanto en sus palabras como en sus acciones. Con el tiempo aprenderá a interrumpir este estado de dejarse llevar por determinados signos automáticos provenientes del preconsciente y a sustituirlos por una actitud crítica. Sin embargo, esta oscilación permanente entre el libre juego de la imaginación y el examen crítico pide al médico algo que no exige en ningún otro campo de la terapéutica: una libertad y una movilidad de los bloqueos psíquicos exentos de toda inhibición.

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