Fragmento de un trabajo presentado
en el Coloquio de Verano
de la Escuela Freudiana de
Buenos Aires (EFBA), Enero de 2000.
En
sus Tres Ensayos para una Teoría Sexual,
Sigmund Freud escribe que en ninguna persona falta algún elemento que pueda
designarse como perverso. Podemos distinguir las perversiones como condimento
en estructuras neuróticas –según cómo cada quien acepte o necesite el picante
en su menú– o bien como cuestión estructural. Por ejemplo, en más de una
oportunidad escuchamos, en nuestro consultorio, el caso de personas que no han
podido jamás dominar el estímulo masturbatorio de los genitales, y aun en sus
matrimonios necesitan, al cabo de una relación sexual, un episodio a solas en
el baño. Una actividad como ésta u otras similares, desarrollada con cierta
regularidad en la vida de un sujeto, no alcanza para determinar si se trata de
una perversión. En cambio, podemos afirmarlo cuando toda la vida del sujeto está
entregada a la renegación de la falta.
Jacques
Lacan sostiene en su Seminario I, Los escritos
técnicos de Freud que:
“la perversión es una
experiencia que permite profundizar lo que puede llamarse en su sentido pleno
la pasión humana, es decir, eso por lo cual el hombre está abierto a esa
división consigo mismo que estructura lo imaginario, la relación especular. La
relación intersubjetiva que subyace al deseo perverso sólo se sostiene en el
anonadamiento, ya sea del deseo del otro, ya del sujeto. El otro sujeto se
reduce a no ser más que instrumento del primero, que es el único que permanece
sujeto como tal, pero reduciéndose él mismo a no ser sino un ídolo ofrecido al
deseo del otro. El deseo perverso se apoya en el ideal de un objeto inanimado.
Pero no se contenta con su realización, pues, si sucede en ese momento mismo
pierde su objeto, cuando lo alcanza”.
Freud
escribió acerca de la neurosis como el negativo de la perversión: el neurótico
fantasea lo que el perverso actúa. En términos de Lacan, el fantasma habitante
de las estructuras neuróticas es perverso.
El
sujeto perverso reniega de su noción de la madre como deseante. El esfuerzo de
la perversión está dirigido a no extraer consecuencias significantes acerca de
su saber de la falta. No obstante, en un principio tuvo que reconocer la falta,
aunque más no fuera para hacerla efecto de la renegación. El fetichista, por
ejemplo, es quien nada quiere saber de lo que ve. Es precisamente con el objeto
fetiche que obtura la noción de esa falta de la mujer (madre).
En
su Seminario XIV, La lógica del fantasma,
Jacques Lacan dice que debemos pensar el goce comprometido en la perversión en
relación con la dificultad del acto sexual. Distingue las estructuras
neuróticas de las perversas en relación con la diferencia en la cicatriz que el
complejo de Edipo deja en cada una de ellas: “A nivel de la disyunción entre cuerpo y goce, la función del sujeto, es
al nivel de esta partición que interviene típicamente la perversión”. Lo
que en ella se acentúa, en el intento de volver a juntar el goce y el cuerpo
separados por el significante, es que “en
el acto sexual hay para cualquiera de los dos partenaires un goce, el del otro,
que queda en suspenso”. Y “el hombre
se encuentra más efectivamente que la mujer capturado en las consecuencias de
esta sustracción estructural de una parte de su goce”. Leemos esta
diferencia relativa a los dos sexos no sólo por la posición del hombre respecto
de la castración, sino también por la ventaja, respecto de esta sustracción del
goce, que se juega en la mujer en relación con la maternidad. Espacio, el de la
maternidad, al cual, con la enseñanza de Lacan se le otorga el de ser singular
para la mujer, como aquel en el cual puede jugarse su perversión.
Lacan
hablaba del contrato que se juega entre el masoquista y el sádico: no hay uno
sin el otro2. En el acto sádico se sostiene: “Yo gozo de tu cuerpo; tu cuerpo deviene la metáfora de mi goce”.
Pero, como apuntamos antes, en el acto sexual hay otro goce que está a la
deriva.
En
ese contexto, creemos poder señalar una debilidad, si el término se nos
permite, de la perversión, del deseo perverso, respecto de las neurosis. El
neurótico varón suele tener cierta incertidumbre acerca de su capacidad de
alcance, de convocatoria a ese otro goce de su partenaire, la mujer en el acto
sexual. La gama puede ir desde aquellos a los que les importa poco y se
contentan con algunos gemidos de la dama, sean verdaderos o falsos, hasta
quienes se angustian enormemente buscando las vías del éxito y no pueden evitar
preguntar al cabo de cada relación, a su dama, por los resultados.
Estas
cuestiones se arman también de a dos, y remito a quienes lo recuerdan a esa
maravillosa escena en una mesa de restaurante de la película Cuando Harry conoció a Sally. Él se
niega a aceptar lo que la dama le dice sobre la facilidad con que una mujer
puede fingir un orgasmo. Entonces ella pasa a la acción: comienza a gemir,
contorsiona su cuerpo, golpea el plato con su tenedor. Por supuesto, de todas
la mesas los están mirando asombrados (la cara de escozor de él es
inolvidable). Los gritos de ella se van aplacando, ella da un largo suspiro y
sonríe mirándolo satisfecha. La escena no concluye ahí, sino que se muestra a
una señora que llama al mozo para pedir ¡que le traiga lo que está comiendo la
chica de la otra mesa!
La
distinción entre el deseo neurótico y el perverso se funda en una intolerancia
radical respecto de ese goce a la deriva del partenaire. En su escrito Kant con Sade, Lacan se ocupa de una
voluntad de dominio para el goce. En el contrato sadomasoquista se juega un
intento de dominio del goce que podría expresarse así: “Si quieres causar placer a tu partenaire, es muy difícil saber si lo
lograrás. En lo que hace al dolor, sí puedes estar seguro de causarlo”.
Freud,
guiado por el estudio de las perversiones, arribó a la noción de pulsión
parcial, que aplicó luego al estudio de las neurosis. También planteó el
concepto de madre fálica para la lectura del complejo de castración. En textos
como Lo siniestro y La cabeza de medusa, Freud cita a
Ferenczi al observar que la cabeza decapitada de Medusa simboliza el efecto
terrorífico de los genitales castrados de la mujer, pero con la aclaración que
no de cualquier mujer, sino de la madre. De esa comprobación reniega el
perverso, como renegó del deseo de la madre por el padre.
En
los análisis observamos que, en la transferencia, las cosas no transitan como
en la neurosis. O bien el pedido de análisis no se transforma nunca en demanda,
es decir no accede a su decir en falta, no asocia, o bien, si se instala ese
índice del sujeto supuesto al saber, signo de entrada al análisis,
asociaciones, implicación, hay un tono, un matiz diferente. El tratamiento no
avanza, no del modo en que el neurótico construye su fantasma y lo atraviesa en
el recorrido del análisis.
En
ese punto puede funcionar la fórmula según la cual el perverso angustia al
neurótico: el perverso pretende que el Otro cargue con la barra, la falta de la
que él reniega. Así, si ante las psicosis el analista no retrocedería, en las
perversiones quien retrocede, por una cuestión de defensa, es el sujeto
perverso.
Cuando
se abrieron al mundo los mecanismos de lo inconsciente aportados por Freud,
cesaron, en parte, las teorías más delirantes de lo que se llamaba enfermedad
mental. En cuanto a las perversiones, no sólo se hablaba de genética, de
condiciones innatas, sino incluso de “cerebro de mujer en el cuerpo de un
hombre”. Freud escribe en sus Tres
Ensayos sobre una Teoría Sexual que sencillamente no sabemos lo que es “un
cerebro de mujer”. Esa condena seudocientífica guarda relación con cierta
envidia que puede promover el perverso con su aparente certeza acerca del goce,
a diferencia del neurótico que siempre duda sobre sus vías de acceso. Condena
que denuncia uno de los mecanismos mejor descriptos por el análisis: cuanto más
se desea algo, más se desatan, sobre lo así deseado, severas represiones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario