sábado, 7 de abril de 2012

Un Retorno al "Retorno a Freud" [Jaime López]



La obra de Lacan es un emprendimiento lleno de intensas derivaciones. Uno de sus aspectos más relevantes, y no por ello menos conflictivos, es el referido a la fidelidad a los textos freudianos. Esta problemática divide las aguas entre los "fieles" a Lacan-el gran interpretador- y los que, diciéndose freudianos, no están dentro de sus seguidores. Es decir que instala una división tajante entre los que pertenecen y los que no. La cuestión de la fidelidad incorpora en un campo, que Freud aspiró sea científico, una cuestión de tomar partido, más típica de un planteo político que de uno científico. Pero también, el movimiento generado por Lacan, se coloca en un terreno donde la cuestión de la esencia del planteo freudiano y la verdad de su descubrimiento, encuentra un sostenedor y por lo tanto una palabra autorizada. Esta situación, peligrosamente parecida a una dinámica religiosa, inauguró -como era de esperar- la problemática de la herencia, es decir de quién es el continuador y garante de los descubrimientos freudianos y, por qué no, de los lacanianos. Así las cosas, tenemos que las luchas políticas dentro de los diversos grupos psicoanalíticos, más las particulares necesidades humanas de instalar líderes y hacer masa con ellos, nos llevan a un estado de situación en el que es necesario despejar quien es quien en la teoría psicoanalítica, es decir qué es lo freudiano y qué lo estrictamente de Lacan. Que es lo que responde a las pasiones humanas y qué al enriquecimiento de la clínica, de la que la teoría intenta dar cuenta.

Dentro de este contexto, el tema que muestra lo ríspido de la situación es el llamado "retorno a Freud". Esta cuestión transita por diversas posiciones en las cuales el tema "del retorno" oscila entre posiciones pasionales por un lado y las que efectivamente aportan riquezas teóricas por el otro. Veremos cómo retornan los que "retornan".

La obra de Freud, objeto de esta particular disputa, es una inmensa construcción orientada hacia el proceso de constitución de la matriz del origen del sujeto, la cultura, como también de las relaciones de ésta y la subjetividad.

Para Belinsky, está organizada según configuraciones teóricas y míticas, donde las teóricas apuntan en la dirección de señalar la obra de Freud como una guía de investigación (lo que nos lanza a la tarea futura) y las míticas, son definidas como las grandes metabolizadoras del sexo y la muerte. Estas últimas ofrecen respuestas, que van más allá de lo individual, a los enigmas que gobiernan la acción social, refiriéndose siempre al fin y a los orígenes. Nos dirá que la obra freudiana no solo es una teorización cuidadosa y meditada sobre lo que define como "el objeto psíquico", sino que es también un capítulo decisivo de aquello mismo a lo que se refiere y de lo que da cuenta. Su afirmación gira alrededor del hecho de la convivencia del investigador y teórico con el creador, lo que significa que la obra de Freud se configura como una retórica situada dentro y fuera a la vez. Es decir que constituye la historia y al mismo tiempo la actualidad de lo que Freud descubre, trabaja y revela. Es un planteo, en cierta manera topológico, en donde la discursividad freudiana es inseparable de aquello descubierto y trabajado por esa misma discursividad.

Según Belinsky, los seguidores de Freud -los históricos- escribieron a partir de sus textos, pero no acerca de ellos. Por lo tanto el terreno descubierto seguía a medias virgen, a medias recorrido y al mismo tiempo era una obra considerada como un fundamento, un terreno firme y adquirido en forma definitiva. Como terreno ya consolidado, la teoría era aquello de lo que no hacía falta una crítica previa, solo esperaba ser desarrollada. En este contexto se inserta Lacan, quien pese a ser causa del denominado "lacanismo", siempre se denominó a sí mismo como "freudiano". La cuestión central que nos marca Belinsky es la necesidad de preguntarse:¿que significa el "freudismo" de Lacan? Esta pregunta es clave, ya que no es posible pensar la pertenencia -o pertinencia- de Lacan a la obra de Freud de la misma manera que se la pensó respecto a los seguidores históricos. La respuesta de Belinsky significa el fin de una ilusión. Es decir el fin de la anhelada pero no menos ilusoria idea de "fundamento", de base consolidada y el comienzo del reconocimiento de la necesidad de una labor crítica previa, a la obra de Freud, como una cuestión preliminar a todo desarrollo posible en psicoanálisis.

Este "freudismo" muestra, como su faceta más destacada, la necesidad de acercarse a Freud sin cometer el error de los "seguidores históricos" que lo precedieron: no reparar la interpenetración entre el autor y su obra, entre el explorador y lo explorado. Para Lacan, ese "algo" que Freud descubre y construye, es a la vez, interior y exterior a su obra. Piensa que hay que "volver a las cosas mismas", pero pasando por "la Cosa" freudiana, o sea, que la tarea teórica y crítica debe mostrar que la exterioridad -si se alcanza- solo puede lograrse a través de la interioridad más profunda. Creemos que es en esto último en donde Belinsky intenta remarcar la genialidad de Lacan: el hecho de tomar a Freud como analizando.

En el punto de vista de Shoshana Feldman, psicoanalista norteamericana proveniente del campo de los estudios literarios, la originalidad del "retorno" lacaniano, no es lo que banalmente se entendió como un retorno histórico al origen auténtico de una doctrina, ni tampoco al texto original como lo opuesto a las interpretaciones dogmáticas simplificadas o mal traducidas, sino que -abriendo su línea argumental- es un retorno a lo no traducido, a lo no traducible de Freud, como un síntoma de la esencial intraducibilidad de su tema. Es un retorno literal, concreto, a una lengua extranjera, a algo que desafía su traducción y cuya función no es volver a Freud más familiar, sino renovar el contacto con su extrañeza y con su constitutiva extranjeridad, la que lo es incluso para sí mismo.

Es decir, que lo que retorna en el "retorno" lacaniano, es precisamente lo que es inasimilable en Freud. Es en éste sentido que Feldman plantea que este retorno no es diferente del retorno de lo reprimido y ,por lo tanto, forma parte de la dimensión de un síntoma.

La metáfora clínica (¿o literal?) se profundiza y es, entonces, que la relación Freud-Lacan es planteada como "una suerte" de diálogo analítico. El cual no es simplemente conceptual (entre dos concepciones de lo inconsciente), ni simplemente transferencial, sino una compleja interacción entre concepto y transferencia, además de teoría y síntoma. Interacción en la que a veces Lacan viene a ocupar, en el texto de Freud, el lugar excéntrico del inconsciente de Freud; y en otras, Freud desde una posición ventajosa, ocupa el lugar del inconsciente de Lacan. Para la autora, el diálogo es analítico porque no es la suma de sus partes y porque el conocimiento del cual es vehículo, no se reduce a la suma del conocimiento de los dos sujetos. No es un diálogo entre dos egos, sino que está constituido por un tercer término, que es el punto de encuentro en el lenguaje de las dos singularidades inconscientes. En una primera conclusión, Feldman juega con la idea de que la originalidad del retorno de Lacan no puede reducirse a lo dialógico.

Así como Belinsky sostenía que la originalidad de Lacan está en destacar la intrincada relación existente entre el autor y su obra, Feldman parece poner el acento en el eje autor y lector, y en destacar la terceridad excéntrica del lenguaje, lugar desde el cual ambos son constituidos.

También pretende Feldman demostrar que las preguntas que definen el campo al cual Lacan se dirige, son diferentes a las que surgen desde la concepción clásica. ¿Cuál es el contenido de los conocimientos que Freud nos legó?, sería una pregunta tradicional, pero Lacan le opondrá una concepción distinta: ¿Cual es la diferencia que introduce este conocimiento? y ¿Que distingue éste conocimiento de los ya establecidos?, ¿Cuáles son sus consecuencias?, ¿Que es ese "algo" que el análisis nos enseña, que es específico, lo más propio, verdaderamente propio?. En esta línea, Lacan nos dirá que la originalidad freudiana no es tanto el descubrimiento del inconsciente -intuido antes por los poetas- sino que el inconsciente habla. Es decir que tiene una estructura lógica o significante y que fundamentalmente, está estructurado como un lenguaje. Este inconsciente freudiano, no es simplemente algo opuesto a la consciencia, sino que habla algo otro en el interior del discurso consciente.

Uno de los puntos donde Feldman se juega con entusiasmo, es cuando afirma que Lacan inaugura e instituye un nuevo modo de reflexibilidad. Este modo, es un proceso a través del cual algo se vuelve sobre sí mismo, pero que necesariamente lo hace incorporando un pasaje a través de otro lugar. Pero esta vuelta sobre si, no es al modo de una clásica "reflexión sobre uno mismo", sino como una diferencia radical consigo mismo. Es un reflexivo diálogo asimétrico en el cual los interlocutores, por medio del lenguaje, se informa mutuamente de lo que desconocen. Es precisamente este nuevo modo de reflexibilidad, el que altera, cambia, desplaza, los límites entre el yo y el otro. Rompe la simetría que funda lo que parecía una clara oposición entre uno y otro. Sustituye las clásicas polaridades sujeto-objeto, yo-otro, dentro-fuera, analista-analizarte. Divide al sujeto de modo diferente, de tal manera que ya no están ni completamente distinguidos, ni completamente separados el uno del otro.

La lectura lacaniana, nos dice Feldman, afirma que Freud se erige no tanto como el descubridor de un nuevo centro, sino como el descubridor de un nuevo modo de reflexibilidad, la que está radicalmente atada, articulada con el lenguaje. Al respecto dice Lacan "No es cuestión de saber si yo hablo de mi de un modo que se conforma, que concuerda con lo que soy, sino más bien de saber si soy el mismo que eso de lo que hablo".

En este modelo lingüístico de reflexibilidad hay dos pseudocentros: el que surge en la expresión de un dicho (sujeto del significante) y el que surge en el enunciado (sujeto del significado). Aún cuando son radicalmente diferentes uno del otro, ya no son más enteramente distintos y no pueden ser separados.

Pero Feldman no se conforma con la idea de una nueva reflexibilidad, sino que extiende su propuesta a que ésta nueva concepción revoluciona la noción misma de revolución, o la idea de originalidad: en términos de Lacan la originalidad en Freud es lo que aparece como una sorpresa, no solo para los otros sino también para uno mismo. La verdadera originalidad es el modo en el cual el movimiento reflexivo, retornando sobre si mismo, lo subvierte. Lo hace encontrar otra cosa que aquello que esperaba. Para Feldman, éste es el modo en que la respuesta desplaza al interrogante, es decir, se desplaza el punto de observación, conformando la originalidad del descubrimiento freudiano y la del "re-descubrimiento" que hace Lacan.

Lo Verdadero de un Retorno y el Retorno de un Equívoco

Leer a Freud después de haber leído a Lacan es distinto a como se leyó a Freud antes. Esta afirmación sintetiza la postura de Jane Gallop, autora proveniente de las filas de los estudios literarios estadounidenses, quien plantea que "el retorno a.." no significa una regresión a un punto estable previo, sino que es un efecto retroactivo de las enseñanzas de Lacan.

Para Gallop, el sentido del retorno a Freud es el retorno al sentido de Freud. Esta frase es acompañada con una referencia histórica a los efectos de las luchas en las instituciones psicoanalíticas. En efecto, en el año 1953, Lacan fue expulsado de la "Societé Parisienne de Psychanalyse" (y por lo tanto de la IPA) y no pudiendo ir al congreso de Londres va a Viena. Es un viaje que indica una dirección: el rescate de los orígenes. Estaba trabajando sobre "Wo Es war, soll Ich werden", sentencia que es sobre la orientación de un retorno. Algo tiene que ser, está obligado a ser en el lugar donde algo estaba antes. Para la autora, es un extraño retorno, porque aunque sea a un mismo lugar, es un retorno por un sujeto diferente, igual que Lacan a Viena. Este viaje, es como un acto que dice "donde el Psicoanálisis freudiano era (ello), ahí debo Yo (Lacan) advenir".

Lacan denuncia que el descubrimiento freudiano se ha perdido, y que se ha retornado al lugar equivocado. Critica que los analistas norteamericanos traicionan la doctrina freudiana con su retorno al principio reaccionario de la dualidad entre el enfermo sufriente y el que cura, además del que sabe y el que no. Es decir, el retorno a un discurso propio del campo médico, que, como todo discurso, construye un objeto acerca del cual habla y establece, además, una relación de poder. Prácticamente el retorno es del campo de la escucha freudiano al campo médico de la mirada.

Para Gallop hay dos retornos, que corresponden a dos fuerzas opuestas: primero, un retorno al descubrimiento freudiano, y segundo, un retorno a lo que precedió a ese descubrimiento. Estas dos fuerzas las relaciona con la lucha pulsional.

Para Freud, las Pulsiones tienden a restaurar un estado anterior. Nos habla de las pulsiones sexuales, conservadoras y en la dirección de la vida, cuya meta es asegurar al organismo seguir su propio camino hacia la muerte y también, de las pulsiones de muerte, las que retornan a un estado anterior (inorgánico). De manera equivalente tenemos un Lacan que retorna al nacimiento del Psicoanálisis (¿pulsión de vida?) y se enfrenta al Psicoanálisis norteamericano, el que retorna a un estado anterior: la psicología del Yo-consciencia (¿lo inorgánico-pulsión de muerte?). Es decir que éste retorno es planteado por Lacan como la única y auténtica manera de avanzar, y lo hace por la vía del retorno a los textos de Freud.

Gallop afirma: la vuelta que verdaderamente cuenta en el Psicoanálisis, no es a Freud, sino al sujeto. El analista debe retornarle algo al sujeto, es decir, no debe hablar sobre el sujeto o sea, objetivarlo, ni sostenerle sus proyecciones imaginarias ancladas en el lenguaje de su Yo. El retornarle es de aquello que el analizarte nunca podría escuchar, sino es retornando desde el analista. Éste, le retorna al sujeto lo que está diciendo y que insiste para ser reconocido y así dejar de decirlo. Podemos ver que "retornarle algo" se inscribe en un sentido opuesto a "fortalecer el Yo". Es por eso que no es un retorno a la persona de Freud, sino a lo que estaba diciendo y nunca fue reconocido. Lacan escucha lo que "hablaba" en Freud e insistía en ser reconocido.

La autora plantea que Lacan saca el objeto del Psicoanálisis de la persona individual, la mónada separada, y lo coloca en una dialéctica con el otro (intersubjetiva dice); no se nos escapa que en relación a la relación con el otro, Feldman marca diferencias con Gallop, ya que enfatiza que no es dialógica y si mediatizada por un tercer término que es el lenguaje. Feldman es mas enfática que Gallop en esta cuestión, al jerarquizar la terceridad.

El Autor Evanescente

Así como Freud dice más de lo que se supone, Gallop se pregunta si el nombre de Lacan puede responder por el saber escrito en el texto. Se leen los escritos como se lee cualquier otro texto, para saber, y cuando se encuentra algo de saber, inevitablemente se lo adscribe a alguien. Lacan subvierte, modifica violentamente la relación del sujeto al saber, la hace muy precaria. En los textos (Escritos) hay un sujeto, un cierto Lacan, pero está constantemente evanescente (fading), es decir, eludiendo la percepción y en el límite de su desaparición.

Lacan lee a Freud, como si se preguntara si el nombre de Freud puede responder por el saber escrito en el texto. El sujeto del saber en los textos, es sujeto de los efectos de fading. Hay un sujeto ahí, pero está constantemente fading, eludiendo su cristalización.

La teoría y los textos de Lacan conducen no a un autor muerto, sino a un autor fading, el que está precariamente, el que no está del todo presente, es decir, el que no es dueño de su deseo.

Según Lacan, el padre deseado por el neurótico es el padre muerto, ya que es el que puede, en tanto muerto, dominar su deseo. La muerte significa ser perfectamente dueño de su deseo. Esta fantasía neurótica se sostiene en el hecho de que si el padre puede dominar su deseo, el sujeto podrá dominar el suyo.

Hay una larga tradición que asocia el Autor con el Padre, y así como el padre muerto es el padre ideal, porque es el amo perfecto de su deseo, Gallop se pregunta si la imagen del autor muerto no es también una fantasía del lector de un dominio perfecto. Si el autor tiene un dominio perfecto de su escrito, el lector lo tiene también de su interpretar. Es, entonces, que la idea de la muerte del autor bien puede ser una defensa contra algo más amenazante: un autor fading. Es decir el que no está del todo presente y no es dueño de su deseo.

Nos dice "Leemos porque deseamos saber y leer debe estar dentro del mundo donde el deseo del lector debe estar intrincado con el del autor. Leemos para ?aprender? lo que el autor sabe, cuáles son sus deseos, con la esperanza de entender y satisfacer los nuestros", y en ese movimiento, como lectores, quedamos involucrados.

Lacan autor del texto, no puede calmar su deseo y de hecho provoca el del lector. No puede satisfacer el deseo de saber de manera duradera y él está de esa forma, como autor/sujeto desvaneciéndose, no desvanecido todavía.

Los lectores posteriores a Freud, lo leyeron como un autor muerto, como un dominio perfecto, es decir como el autor ideal, el Padre ideal que domina el deseo. Lo leyeron para proteger su dominio y para identificarse con ese dominio como lector escritor. Lo leyeron como un texto muerto del autor muerto y así defenderse de su deseo de saber. Cerraron sus ojos en identificación con ese Padre ideal que ha dominado todo deseo, incluso el de saber.

La Ambivalencia de Lacan

El "Retorno a Freud" es una frase convertida en una verdadera consigna y fórmula de reunión. Consigna de batalla en la lucha institucional y fórmula de reunión de los aliados y además útil para distinguir los "unos" de los "otros".

Para Marcelle Marini, perteneciente a la nueva generación de psicoanalistas franceses, los que paradójicamente, formados en el pensamiento crítico de Lacan, ponen en juego ese espíritu para analizar la obra del maestro, el "Retorno..." tiene ese valor de consigna en la polémica que Lacan primero, y el lacanismo después, mantienen contra los analistas que no leyeron o no leen ya a Freud, así como contra los que lo leen mal o que sostienen una "estúpida fidelidad" que, en palabras de Lacan,"No osa considerar como caduco, lo que en efecto lo es, en la obra de un maestro sin igual". Así como también, contra los que traicionan a Freud y se apegan a conceptos del entorno social (o de la Sociología) y contra los norteamericanos y sus seguidores que jerarquizan el llamado:"Psicoanálisis del Yo".

Marini destaca que Lacan se apoya en -y resalta- el carácter racional del pensamiento freudiano, y tal vez por eso, es que intenta sostener esa misma posición con la obra de su maestro, el que no solo lo es en la teoría, sino también en la racionalidad. Afirma que para Lacan, el descubrimiento de Freud, es el redescubrimiento, en un terreno sin cultivar, de la razón. Resaltar lo racional, conduce a Marini al difícil y todavía sin clarificar, sendero de la "cientificidad" del Psicoanálisis. Nos afirma que Lacan, siguiendo la escuela de Freud, quiere hacer del Psicoanálisis "esa ciencia con la que sueña", capaz de aclarar los fundamentos de otras ciencias, al mismo tiempo que el psiquismo humano.

Dice que Lacan construyó su propio edificio conceptual, oponiéndose a tomar en cuenta algunos conceptos freudianos -como el de pulsión en el sentido energético y el de afectos- y que su retorno a Freud es igualmente una identificación de la teoría freudiana con la suya. Es una frase en espejo que pone en cuestión el tema del debate insoluble en que se encuentra atrapado Lacan de la fidelidad o infidelidad a Freud. En este sentido es posible afirmar que Lacan oscila entre una crítica o una relativización de los textos freudianos y una fidelidad incondicional a los mismos.

Para Marini, cuando Lacan manifiesta la necesidad de retornar a la posición freudiana pura, se muestra de acuerdo con la función paterna definida por Freud y por lo tanto vive ésta función en él mismo con la identificación con un Freud idealizado como Ideal del Yo. La cuestión que se desprende para el crítico francés es: si se puede mantener sin ambivalencia una relación semejante con el Padre-Maestro.

Lacan dirá que el descubrimiento freudiano se debió a la angustia de Freud frente a su deseo, y lo relacionará con lo que llama: "...su apego ridículo a esa imposible buena mujer, que por otra parte lo enterró: la señora Freud". Más allá de lo valedero o no de ésta opinión, que deja entrever un Freud caracterizado por el apego a lo ridículo (¿la ambivalencia?, no sólo la de Lacan, sino también la de Marini en destacar la frase...), es claro que Marini resalta la lectura de un Lacan analista del decir de Freud; un analista que afirmó que el pecado original del Psicoanálisis es el deseo de Freud que no fue analizado.

Marini relaciona, también, "el Retorno..." con el análisis crítico que Lacan hace de los casos clínicos de Freud: el análisis de "Dora", donde se trabajan los problemas de la cura y de la transferencia; el del "Hombre de los Lobos",donde trata de profundizar y renovar la realidad fundamental del análisis; resaltando la "constelación original" del obsesivo y su relación con el mito universal del neurótico, ligado con el análisis estructural de los mitos efectuados por Levi-Strauss; asimismo, el llamado caso "Schreber" donde trabaja y crea el concepto de "forclusión del Nombre del Padre". Lo que el autor destaca, es que los textos freudianos, servirán a Lacan como punto de partida a una elaboración diferente, y que ésta, utilizará la lingüística, la filosofía, la etología, además de la lógica formal, como herramientas conceptuales.


¿Una Lectura Verdadera?

Nos recuerda Stuart Schneiderman, uno de los psicoanalistas norteamericanos introductores del pensamiento de Lacan en los Estados Unidos, lo que el maestro afirmó sobre el descubrimiento freudiano: que había sido como el de Prometeo. La IPA se había convertido en lo que era, por que Freud no tenía confianza en la gente a la que le había encomendado su descubrimiento y por lo tanto, Lacan pensaba que Freud estableció una organización burocrática de custodia con el único propósito de que no se le escapara el fuego. Creía el pensador francés, que Freud no esperaba que sus discípulos lograran progresos en la teoría psicoanalítica, y que solo quería mantener guardado el Psicoanálisis hasta que "alguien" llegara a recoger la antorcha. Dice Schneiderman que es en éste momento cuando Lacan presenta lo que llama "una lectura verdadera de Freud". Podemos decir junto con Schneiderman, que más allá de la ironía con la que Lacan se enfrenta a los que posteriormente lo expulsaron de la IPA, les está robando el texto a la Asociación, se los está arrebatando a sus "legítimos" propietarios, suponiendo que exista la propiedad de un texto.

Para Schneiderman, la "lectura verdadera" de Lacan se acerca mucho a una mala lectura y a pesar de lo que el francés dice opina que es difícil criticar a la Asociación porque sus miembros prefieran leer a Freud como un texto canónico y además, lo repitan al pie de la letra sin hacerse demasiadas preguntas. Se interroga el psicoanalista estadounidense: ¿cómo puede estar equivocada ésta lectura, si se trata de una simple transcripción de lo que escribió el mismo Freud? Él mismo contesta que esa lectura puede y está equivocada, ya que, afirma, quien no ha leído mal un texto no lo ha leído, es decir, quien no ha entablado un diálogo con el texto, quien no le ha hecho preguntas ni atendió sus respuestas y no eligió algunas partes para prestarles más atención que a otras, quien no hizo todo eso, no ha leído un texto. Sobre esto se basó la justificación teórica original de Lacan para dictar su seminario y así enseñar a los psicoanalistas a leer a Freud. Éste tipo de lectura, dirá Schneiderman, requiere una práctica en la crítica literaria, que es la propia del campo de las letras, y es para él, una de las herramientas conceptuales con las que Lacan cinceló en la obra de Freud, la suya propia.

Al destacar los aspectos de la crítica literaria, Schneiderman parece colocarse más del lado de la literatura, que de la freudiana aspiración de lograr, con el Psicoanálisis, un lugar en la ciencia. Asimismo, su rescate de la lacaniana metáfora mitológica muestras aristas ambiguas que se prestan a confusión. ¿Qué otra cosa es el planteo de que Freud cuida "que no se le escape el fuego", sino una forma de colocarlo como un moderno Zeus?, un Dios que desde el Olimpo psicoanalítico, cuida sus pertenencias. Y, ¿qué otra cosa es "que venga alguien para recoger la antorcha", sino que Lacan es el Prometeo que -como en el mito original- termina desafiando al que "reina en el Olimpo" y robándole el fuego?. Acaso no es posible pensar que entre "la cuestión preliminar" (Belinsky) y la "lectura verdadera" (Gallop y Schneiderman), Lacan "destrona" a Freud, corrigiendo sus "equívocos", y se erige en el que puede darles a los hombres "el fuego" de la lectura verdadera. Marini parece acertar cuando nos alerta sobre la ambivalente relación de Lacan con "el maestro vienés.

Recuperando el Marco de un Pensamiento

Bercherie retoma la obra de Freud, pero a diferencia de los lacano-dependientes, lo hace en nombre propio. Retorna a los textos pero no para su exégesis, sino para reubicarlos en el contexto histórico que los vio surgir. No se refiere al ambiente social, histórico, incluso cultural en el que se sitúa el pensamiento freudiano, sino que lo hace más bien al conjunto de conocimientos clínicos en psicopatología y a los materiales teóricos de psicología que Freud tenía a su alcance y que le permitieron demarcar su campo, encontrar su objeto, pensar su marcha y teorizar sus resultados. Nos dice Bercherie: "Al situar las teorías freudianas con respecto a su objeto y también en relación con sus fuentes, me ha parecido que se aclaran aspectos esenciales de su función, tanto como sus límites, pues todo instrumento conceptual transporta una unilateralidad que antes o después lo transforma en obstáculo epistemológico".

Enfoca la obra freudiana separándola (un abismo dice..) de toda otra corriente psicológica o psicopatológica contemporánea, insistiendo en la necesidad de mostrar la mutación que sufren los conceptos, que toma Freud, al colocarlos en el lugar que ocupan en el crisol de sus descubrimientos. Trata de recuperar el sentido que tenía para Freud sus sucesivos marcos de pensamiento, reubicándolo en su siglo o en su época, situando sus interrogantes en el interior de la mirada que dirigía al mundo fenoménico de su objeto. Es en ésta maniobra que Bercherie, intenta evitar un doble problema: por un lado, la sacralización, es decir, la obstinación en atribuirle a Freud, el saber de aquello mismo sobre lo cual él afirma no tener la clave; por el otro, el escollo de una indulgencia superior que tolere los escotomas y los pasajes al acto del pionero del inconsciente. En el texto freudiano, hormiguean los materiales clínicos, las ideas generales, las intuiciones, las observaciones que superan ampliamente lo que Freud tuvo la posibilidad de pensar, en el sentido de conceptualización clara y elaborada; y nos dice Bercherie, que en esto está la parte de contenido eterno de una obra que solo nos es accesible retrospectivamente. Es en el acto del retorno a los textos freudianos, donde podremos encontrarnos con lo que de otra manera nos es evasivo.

No puede Bercherie, dejar de atribuir lo que "su" retorno debe a Lacan: "...el recentramiento de la relación entre el campo psicoanalítico y el recorrido freudiano, así como la relativización del lugar de los aparatos teóricos (freudianos) respecto del objeto al que apuntan". De todos modos, tampoco deja de marcar diferencias. Es en éste sentido que para él, la lectura lacaniana de los textos freudianos, si bien en numerosos puntos va directamente a lo esencial, pertenece a la obra de Lacan y no a la de Freud. En relación a la anterior, concluye Bercherie: "Hay que darle al Cesar lo que solo es de él, incluso aunque no siempre parezca saber dónde empieza lo suyo".

Al Final del Recorrido

Para Bercherie, el pensamiento freudiano desemboca en una teorización de modelos metapsicológicos más o menos contradictorios e inconciliables, aunque destaca su condición de ser operatorios para pensar la clínica. Remarca la extrema relatividad de esos modelos y lo inverosímil de la posibilidad de extraer de esa obra un sistema completo, una síntesis capaz de cubrir el conjunto del campo de sus objetos. Transmite la sensación de que cumple a rajatabla con su postulado de "no sacralizar" la obra de Freud, pero no deja de mostrarnos la admiración que le causa el espíritu científico del Gran Vienes. En ésta dirección se interroga acerca de la utilidad del esfuerzo que realiza Freud, tendiente a cerrar en un sistema, los elementos del saber que dispone; sistema que será cuestionado en la etapa siguiente, ya que el modelo recién terminado, comienza a actuar como un obstáculo epistemológico. Para él, lo anterior parece corresponder a lo que llama un estado del Psicoanálisis todavía "infantil" como ciencia. (Es posible ver en éste pensamiento una influencia kuhniana a la que nos referiremos más adelante). Estado en el cual se entremezclan conceptos que apuntan a una eficacia operatoria en el campo empírico (la dimensión clínica del Edipo, de la castración, etc.) -característicos de una disciplina adulta- y otros propio de una dimensión especulativa, que mantiene con lo real un vínculo muy laxo (tópica psíquica, teoría de la libido, pulsiones, etc.).

En este oscilar entre un polo clínico y otro especulativo de la obra freudiana, Bercherie destaca -concordamos con él- la dimensión clínica, así como el hecho de que Freud mantiene a su obra, permanentemente en la dimensión de la ciencia. En éste sentido remarca, que Freud siempre quiso constituir como ciencia positiva su nueva disciplina, y que nadie puede llamarse discípulo suyo si no retoma esa exigencia.

El Estallido del Saber

No menos importante que "el retorno", es apuntar en la otra dirección: la del "después de Freud". En este sentido, Bercherie diseña cuatro modelos que caracterizan la posteridad freudiana. Comienza por el que abreva en las fuentes de la llamada "psicología del Yo" a través de la filiación con el libro "El Yo y los mecanismos de defensa" de Anna Freud. Ésta línea se sostiene en el proyecto de hacer del Yo el producto de una diferenciación progresiva del Ello, actuando como representante de la realidad, encargado de mantener las pulsiones y de ser instrumento de la adaptación. Vimos anteriormente como para Gallop, Marini y demás, esta postura encarna la contrapartida teórica y político-ideológico del "Retorno..." lacaniano. Continúa con el que se origina en Inglaterra: la escuela kleiniana. Ésta retoma conceptos claves en Freud, como ser pulsión de muerte, dialéctica de los objetos internos, conflicto ambivalente, etc. También se opone al concepto del Yo como adaptación y cerca de Lacan, vuelve la espalda a toda idea de autonomía, estudiando la génesis del Yo como identificación.

Un tercer modelo es el que Bercherie llama "marginales". Ésta corriente basa su originalidad, en los estudios sobre los fenómenos esquizoides. Trabajan sobre el concepto de "relaciones de objeto" y enfoca el narcicismo como fenómeno de repliegue defensivo ante los conflictos objetales. Sus representantes son Balint, Winnicott y también Fairbairn.

Por último, tenemos el caracterizado como "la fuente de la juventud". Es el punto donde el llamado "Retorno..."lacaniano dirige su esfuerzo por "restituir al inconsciente su status de polo dominante de la subjetividad y por lo tanto, en las antípodas de la "Psicología del Yo". Lacan lo hace a través de retomar los grandes textos del 1900, en los que Freud enunció la retórica del inconsciente. Es un planteo que transciende considerablemente su base inicial y con su nuevo, además de extenso basamento teórico -ya vimos la importancia de la lingüística, la filosofía, etc. - creemos que termina por desplazarla, estableciendo una teoría que excede su base freudiana.

En general el planteo de Bercherie navega en el rescate del -por otra parte tan cuestionado- concepto de ciencia en el Psicoanálisis. Es en éste sentido que destaca el objetivo de Freud: "el de una disciplina científica y técnica que alcance su madurez y cuyo progreso continúe pacíficamente". Asimismo se ilusiona en relación al deseo de ciencia de Freud, con que tiene que surgir un nuevo modelo teórico que permita la integración de los cuatro bosquejos que lo precedieron. ¿Anhela un estado de "ciencia normal", o es una aspiración idealista propio de la "síntesis superadora"? De todos modos para él no se trata de reducir todo el desarrollo del Psicoanálisis pos-freudiano a la obra de Freud -que los desborda-, sino demarcar los puntos de anclaje de esos desarrollos en su tierra de origen. En la misma forma creemos que el nuevo modelo teórico deseado, estará signado por su pasado. Lo que no sabemos es qué de la fecunda y heterogénea posteridad freudiana dará sus frutos y qué está condenado a quedar como resto.

Lacan: ¿Un Nuevo Paradigma?

Freud siempre consideró al Psicoanálisis como formando parte de la ciencia, y esto, de todas maneras, no impidió que más que otros sectores localizados de producción de un saber, no haya cesado de interrogarse sobre su status como saber. No es seguro que esto constituya un buen signo, es decir, no creemos que esto manifieste que el Psicoanálisis existe como una disciplina que tiene su objeto, su método, su paradigma. Por lo contrario, por su historia vemos que no se benefició para nada con lo que Kuhn llamó "ciencia normal". Entendemos por ésta, una época durante la cual, y apoyados en un paradigma único, los científicos trabajan para ampliar el saber hacia nuevos territorios. Lo que nos muestra el Psicoanálisis, es que no ha cesado de producir respuestas, las que en un tiempo más o menos breve se mostraron inconvenientes. Por lo tanto, a costa de esfuerzos y golpes, hemos aprendido que no es una disciplina constituida, lo que no impide que mantenga una dirección -por lo menos en la obra de Freud- que es la de la ciencia.

Una afirmación fuerte es decir que Lacan vacía a Freud, pero por un cierto número de evidencias presentes en la obra de Freud y en la de Lacan, es posible sostenerla, por lo menos es lo que sostiene Jean Allouch. Una de ellas es justamente el tema de la ciencia (del que ya hablamos más arriba), que en el planteo freudiano el Psicoanálisis tiene un estatus de ciencia y se nos hace evidente que está subvertido en Lacan. Éste realiza un recorrido que abarca desde sostener esa posición, hasta la idea de que el Psicoanálisis es un discurso, pasando por el planteo de "ciencia conjetural".

Para Allouch, el Psicoanálisis es una disciplina problemática y su objeto no es algo que podamos definir fácilmente: ¿el psiquismo?, ¿la personalidad?, ¿el inconsciente?, ¿el objeto "a"?; cada respuesta tiene sus seguidores y sus detractores. Lo mismo sucede con la pregunta por la ciencia: ¿del alma?, ¿conjetural?, ¿no ciencia, sino discurso?. Se ha mantenido en suspenso la respuesta a éstas preguntas, pero a costa de descuidarlas demasiado, de dejar demasiado tiempo la oscuridad. Fue necesaria la enseñanza de Lacan para conmover esos interrogantes. Teniendo en cuenta el camino que abrió, vemos que lo que en principio es un apoyo, un reverdecer, se termina por volver problemático ya que instala la disyuntiva: ¿qué es lo freudiano?, ¿qué es lo lacaniano?

Para Thomas Kuhn, lo nuevo, el descubrimiento, sobreviene en una disciplina cuando ésta está en crisis, y uno de los signos de ese proceso es la proliferación de versiones diferentes al modo de Escuelas. Es bastante evidente la semejanza que podemos hacer con los momentos posteriores a Freud, tan acertadamente descritos por Bercherie. Lo que continúa en estos momentos de crisis, es la introducción de un nuevo paradigma. El comienzo de éste nuevo ordenamiento, se da entre aquellos que son conscientes de las anomalías y los límites que presenta la teoría vigente. Según Kuhn, éste nuevo paradigma cambia la significación de los conceptos establecidos (en Lacan representación por significante); desplaza los problemas que se ofrecen para la investigación (conflictos por nudos SRI); modifica la imaginación científica misma (topología lacaniana); introduce nuevas formas de prácticas, es decir, modifica la experiencia (discrepancia que se plantea con las sesiones cortas de Lacan). En palabras de Kuhn un combate de éstas características marca el conflicto entre dos paradigmas. Por lo tanto la historia de las complejas y ricas relaciones entre Freud y Lacan, pueden ser inscriptas en el típico enfrentamiento entre paradigmas. Ésta confrontación tiende a lograr la sustitución de un paradigma (Freud) por otro (Lacan), lo que condena al fracaso toda tentativa de armonizarlos.

Allouch afirma que en el momento que Lacan formula por primera vez el ternario Simbólico, Real e imaginario (SRI), su trabajo queda marcado por un antes y un después. A partir de ese momento, todo intento de compatibilizar su obra con la de Freud, de hacer valer equivalencias con su SRI, está destinado a fracasar. Ese ternario no se lo halla en Freud, pero eso no es obstáculo para que Lacan desarrolle con el vienés una operación de deslizamiento del ternario SRI "bajo sus pies".

Está de más recordar que Freud no era lacaniano, por lo tanto también es posible decir que Lacan no es un continuador de Freud, ni un herético del Psicoanálisis, sino que es el que desplaza a Freud.

A modo de conclusión, "El Retorno a Freud" no puede de ninguna manera reputarse como inaugural de la trayectoria de Lacan, pero si puede decirse que es el nombre del apoyo que Lacan buscó en el texto freudiano después de inventar su ternario SRI. Tal invención lo colocaba lejos de Freud, y Lacan advirtió el peligro. A partir de ese momento vuelve a Freud, pero para inscribir el nuevo paradigma en el Psicoanálisis.

En síntesis: "Retorno a..." es en realidad "El desplazamiento de...". El paradigma freudiano desplazado por el lacaniano.

 Artículo disponible en el siguiente enlace:

domingo, 18 de marzo de 2012

¿Qué heredó la madre muerta? Pensando a André Green desde Christopher Bollas [Ricardo Velasco]

Resumen

El presente trabajo tiene la intención de ampliar, mediante otra perspectiva teórica, el  texto de André Green: “La madre muerta” (1980) que en  opinión del autor es un trabajo fundamental del psicoanálisis contemporáneo en general y una reformulación sobre la teoría del duelo en particular. Se parte, entonces, de  la revisión de conceptos fundamentales de la obra de Christopher Bollas (1987, 1989, 1994, 2000, 2007)  y a partir de ahí hacer puentes explicativos del fenómeno descrito por Green del “complejo de la madre muerta”.  El título “¿qué heredó  la madre muerta?” tiene dos sentidos: por un lado el de  dar cuenta de la herencia del fenómeno clínico ahí descrito, es decir, lo que resulta psíquicamente para el sujeto que vive tal complejo;  y por otro el de la herencia teórica del concepto y su impacto en el psicoanálisis contemporáneo, particularmente en la escuela inglesa  independiente.

Palabras clave: madre-muerta; duelo blanco;  sabido no pensado; objeto y fenómeno transformacional;  talante; objeto conservativo; afección normótica; ser genuino e  idioma humano.

Sabemos a partir de  Freud (1915) que “(…) todo lo reprimido tiene que permanecer inconsciente, pero (…) lo reprimido no recubre todo lo inconsciente” (pág. 161), de modo que hay material inconsciente que no es reprimido y que, no obstante, habita en lo inconsciente y suponemos que tarde o temprano también aparecerá  durante el proceso analítico. De este modo, en el en el consultorio no sólo se podrán en escena   recuerdos, fantasías, sentimientos, dolores y pensamientos que fueron  enterrados  por la represión,  sino que también se manifestará el inconsciente no reprimido, nunca representado, pero no por ello no vivido.

Lo no reprimido remite a lo que no pudo representarse pero que dejó huella en el inconsciente originario,  almacenándose, por ejemplo, en  forma de  memoria procedimental  (Bleichmar, 2001) o  en forma de patrones vinculares de apego (Marrone, 2001). Todo este material no representado estará presente como si de un “tatuaje psíquico” se tratara y, en mi opinión, abarca lo que Christopher Bollas[1] denomina “lo sabido no pensado”  (1987)  que es una importante fuente de materia prima inconsciente que influirá en todo sujeto psíquico y a la que se podrá tener acceso gracias a la regresión en la situación analítica. 

Respecto a la influencia de lo  “sabido no pensado” en la vida psíquica, recuerdo un paciente adulto, quien  fue adoptado  por una familia de un nivel socioeconómico mucho mas elevado que el de su familia original, situación que desconoció hasta ya entrada su vida adulta.  Este paciente me relataba que en su adolescencia temprana,  la cual  se desarrolló en un entorno lleno de comodidades y lujos propios del status social en que fue criado, desarrolló cierta fascinación por involucrarse sentimentalmente con mujeres mayores que él y de un  nivel socioeconómico mucho menor, relaciones que eran emocionalmente muy intensas, angustiosas, ambivalentes y con tintes dependientes y masoquistas. De este modo, durante mucho tiempo, el paciente sabía que necesitaba de estas relaciones para su endeble  equilibrio psíquico  pero desconocía el porqué. En síntesis, el tatuaje imborrable del abandono primario (padres originarios) se manifestaba en el paciente en forma “muda” y le dictaba la necesidad de un  patrón vincular que lo acercaba a sus orígenes, situación que  durante mucho tiempo  permaneció en el campo de lo experiencial, fuera de lo representacional, es decir, en el campo de lo “sabido no pensado”.

En palabras del propio Bollas, lo sabido no pensado es,  entonces,  aquello “(…) sabido como una recurrente experiencia de existir, y no tanto porque se lo haya llevado a una representación de objeto: un saber más bien existencial por oposición a uno  representativo (…) ” (pág.30)

Ahora bien, hablamos entonces de experiencias muy tempranas que, dada su intensidad y lo endeble aún del aparato psíquico en ese nivel de desarrollo, se almacenan en formas distintas a lo representacional. Pensemos ahora en otra posible experiencia; por ejemplo,  en una situación en la que “B” y “M” sufren.

La situación es esta: “B” ha perdido el amor de “M” y, dadas las condiciones psíquicas de “B”,  el amor que le ofrecía “M”  es tan importante que le daba estructura, lo contenía y le daba un sentido a su  vida. Agreguemos, por otro lado, que “M”  ha retirado su amor debido a un duelo recién activado, lo que explica su retiro del “mundo objetal”.  Siguiendo esta línea, “M” no ha muerto objetivamente,  pero sí lo ha hecho desde la subjetividad de “B”. Pues bien, este es justo el cuadro que André Green propone para entender el “complejo de la madre muerta” en donde “M” es la madre  y “B” es su bebé,  y el resultado desde “B” es la “muerte psíquica” de “M” como consecuencia de un duelo de ésta última que hace que B no ocupe más el lugar  en la mente de M.  En palabras del propio Green “La madre muerta es entonces, contra lo que se podría creer, una madre que sigue viva, pero que, por así decir, está psíquicamente muerta a los ojos del pequeño hijo a quien ella cuida.”(pag.209). De esta manera, en lo sucesivo el bebé tendrá que adaptarse a la nueva circunstancia, que es  la de vivir un maternaje interrumpido, un holding no vivido y, por lo tanto, una existencia también interrumpida, ya que sabemos desde Winnicott que en este nivel de desarrollo  “madre  y bebé” son la misma cosa, quedando ambos con una sensación de vacío, futilidad y muerte.

El texto de la madre muerta  está dentro de la así denominada por Green “clínica del vacío”, que remite a la clínica  del sujeto que si bien inicialmente acude a análisis sin una franca “depresión” manifiesta  (lo que Green llama depresión “negra” refiriéndose a la  melancolía) tiene una experiencia del self de “futilidad” , de “vacío mental” y de “inexistencia” (lo que Green llama “depresión blanca”) que ha permanecido egosintónica a lo largo de su vida.  Este “duelo blanco” sólo puede manifestarse en el vínculo paciente-analista, por lo que resulta para Green   “una revelación de la transferencia” (pág. 215), revelación de que algo siempre ha estado allí, algo “sabido pero no pensado”.

El complejo de madre muerta y su consecuente “duelo blanco” nos pone entonces de lleno en el territorio de la  patología de carencia o  déficit que tantos analistas  señalan ahora como lo prevaleciente en la clínica contemporánea.  Al respecto, Green menciona que: “si debiéramos escoger un solo rasgo para señalar la diferencia entre los análisis contemporáneos y lo que imaginamos pudieron ser en el pasado, probablemente habría un acuerdo en situarlo en el terreno de los problemas del duelo” (Green, 1989, p. 209).

Así pues, el texto de la  “madre muerta” se anuncia como una aportación de la escuela francesa contemporánea a la problemática del duelo,  problemática que se inicia con  Freud en “Duelo y melancolía” (1917) en la que  estructuró en forma magistral el primer modelo psicoanalítico del duelo, bajo el principio de la decatexia libidinal y en donde aparece la primer definición psicoanalítica del duelo como “(…) la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces,  como la patria, la libertad, libertad, un ideal, etc.”. (pág. 241)

No obstante, en el texto greeniano, la cuestión del duelo y su definición se problematiza, ya que justamente en el caso del “complejo de madre muerta”, lo que se pierde no es  “una persona amada”, sino “el amor de la persona”; dicho de otra manera, la persona (“madre física”) sigue allí, pero no así el amor (“madre psíquica”), ya que los lazos afectivos y libidinales hacia el bebé, se han retirado y en ese sentido, ella ha muerto para el bebé a pesar de que la madre sigue allí .

Llegamos aquí al punto central del trabajo, donde lanzo los siguientes cuestionamientos: ¿Qué consecuencias tiene ser hijo de una madre en duelo?, ¿quién emerge de este maternaje interrumpido? y en última instancia ¿qué herencia transmitió  la “madre muerta” a su hijo?

Un intento de respuesta me llevó a revisar la obra de Christopher Bollas -que en palabras del propio Green-  es un auténtico pensador independiente que  sigue su propio camino entre las capillas de psicoanálisis contemporáneo, como un peregrino solitario” (Green, en Bollas, 1987). Fue justamente  en este “peregrino solitario” en el que encontré  un refugio y  una luz explicativa desde donde comprender el mundo psíquico que comparte la díada  mamá-bebé  y desde allí entender lo que puede devenir como consecuencia psíquica de vivir un “complejo de madre muerta” y así complementar desde Bollas  lo que Green postula en su propio trabajo.

El puente entre los autores viene a partir de mi propia lectura de su obra  en la que sostengo que -si bien ambos autores pueden considerarse  como “hijos teóricos”  de Winnicott-  Green se centró  más en la clínica de “lo negativo[2]” es decir, la consecuencia del “no acaecer” psíquico, mientras que Bollas se centró en lo que “sí acontece” , lo que podría llamarse la clínica  de “lo positivo”[3].

Por “positivo” no quiero decir que Bollas se centra  únicamente en aquello que la madre hace para gratificar  a su bebé (en ese sentido “positivamente”),  me refiero más bien al tipo de maternaje que encierra el concepto winnicottiano de “madre suficientemente buena” que es aquella capaz de gratificar, pero también de frustrar, capaz de estar y también de separarse y volver cuando el umbral de la angustia de separación está a punto de ser colmado, que es justo lo que no pasa con la “madre muerta” greeniana, que no volvió más, y en ese sentido dejó una huella “negativa” en su infante. Considero, entonces, que el carácter traumático  generado por el complejo de  “madre-muerta” lo es  justamente por  la interrupción de ambas funciones (gratificación y frustración de la madre), lo que creará una detención en el   incipiente desarrollo del infante; dicho de otro modo no es lo mismo el no de la frustración que el nunca más de la muerte, en el sentido que le hemos dado a la “madre muerta” .

Hipotetizo, entonces, que estudiando algunos conceptos de Christopher Bollas, centrados en lo que sí se estructura a partir de un buen maternaje,  podemos desde allí inferir con más claridad cuáles son las consecuencias  en la subjetividad de un  bebé  producto de una “madre-muerta”, a partir de revisar “lo que no pudo ser”, si se me permite la expresión.  Revisaré a continuación algunas de las aportaciones de Bollas. 

1) Lo transformacional

Lo transformacional  se refiere a una experiencia subjetiva, de hecho la primera en el álbum biográfico, y se da gracias a la presencia de un objeto “ambiente”  que brinda una sensación de fusión estética. Tal objeto será denominado por Bollas como “objeto transformacional” y lo podemos considerar como el precursor del “objeto transicional” winnicottiano. La madre es el objeto transformacional por excelencia, ya que sus cuidados modifican el entorno ambiental del infante. Analizar la función del arrullo, por ejemplo, es pensar un modo de  experiencia transformacional en donde la  madre emite un tono musical con la finalidad de calmar la angustia de su bebé y en ese sentido cambia, transforma, el self del bebé.

En palabras del propio Bollas:

“la  madre es experimentada como un proceso de transformación, y este aspecto de la existencia temprana pervive en ciertas formas de búsqueda de objeto en la vida adulta en que es requerido por su función de significante de transformación (…), se trata de una relación de objeto que emerge no del deseo, sino de una identificación perceptual del objeto con su función: el objeto como transformador ambiento-somático del sujeto. La memoria de esta temprana relación de objeto se manifiesta en la búsqueda, por parte de la persona, de un objeto (persona, lugar, suceso, ideología) que traiga la promesa de transformar el self” (págs. 30-31).

La madre a este nivel es, pues, una especie de  ecosistema, un hábitat, un continente que recibe, hospeda, contiene y transforma lo proyectado por su bebé, de una forma estética y armoniosa. Tal vez recordar la idea de “madre-tierra” de las culturas ancestrales nos da una idea más clara de qué tipo de madre es la que genera fenómenos transformacionales.

Bollas explica que estas experiencias serán buscadas, aun en la vida adulta en aquellos sujetos que la vivieron,  ya que remiten a huellas mnémicas que moran en el inconsciente más originario, el no-representacional, el sabido no pensado. La búsqueda de estas experiencias se puede rastrear por supuesto en el arte, la religión o la ciencia, pero también suele estar presente en un área básica del ser humano, la vida en pareja. En efecto, la pareja “suficientemente” buena permite a ambos miembros generar experiencias de tipo transformacional, fenómenos como la intimidad, los códigos de lenguaje o  lo fusional dan cuenta de ello.

No creo que sea casualidad que sea justamente en esta área (la pareja)  donde Green  (1983) encuentra una marca disfuncional  en los  pacientes que padecen el “complejo de madre muerta”.  La siguiente cita es muy esclarecedora:

“…el sujeto (que padece este complejo)  permanece vulnerable en un punto en particular, a saber, su vida amorosa. En este terreno, la herida despertará un dolor psíquico y se asistirá una resurrección de la madre muerta” (pag.219).

Podemos inferir, pues, que la experiencia transformacional quedará  bloqueada en estos sujetos,  y cualquier intento de tenerla será estropeada porque su lugar está ocupado por la necrópolis materna. La vida en pareja es, en este sentido, un síntoma de que lo transformacional se ha detenido.

2. Talante y objetos conservativos

En el mundo conceptual de Bollas  habita también el “objeto conservativo” y su acompañante el “talante”. Por talante se refiere al meterse en un  “estado mental especial” sin que esto implique una pérdida de comunicación con el otro. El talante, es un área legítima de autovivenciarse, una distancia necesaria  entre el self y el otro pero sin perder el contacto (lo que lo distingue de una fuga autista). Para Bollas (1989), todo sujeto tiene un “talante” (ponerse meditabundo por ejemplo) que  es el resultado de un estado de existencia del sí-mismo infantil  pero que  fue obstaculizado por el ambiente; es, entonces, otra forma de expresar lo sabido no pensado. No obstante, para este autor, es importante separar el talante “generativo” del “maligno”. La diferencia la marcan dos características:

a) el talante maligno es usado con el fin de de afectar al otro y alterar su estado de ser (identificación proyectiva); el generativo, en cambio, busca contactar al sí mismo infantil sin alterar al otro.

b) el talante generativo tiene capacidad “reversible” es decir, se usa y se regresa al estado habitual para después ser usada para fines reflexivos, mientras que el maligno genera un estado confusional ya que no se “regresa” del todo al estado habitual.

Lo que importa aquí es que el talante es, en última instancia, una forma de recrear experiencias del self infantil no representadas y en tanto tal se puede entender como un acto de protesta o conservación, un reclamo que grita  “éste también soy yo” . El talante guarda, por tanto, una memoria no representada como un objeto valioso que Bollas denominará “objeto conservativo”. Este es  un objeto que se preservó intacto en el mundo interno, congelado, petrificado y sólo escuchable por el oído analítico.

Green, a lo largo de su trabajo, habla una y otra vez de metáforas de objetos congelados, lo que remite no sólo a la imagen de la madre-muerta petrificada, sino –y este es el aporte desde Bollas- al self infantil potencialmente vivo pero atado; empero es el núcleo infantil el que también está petrificado, desde ahí hace más sentido la sentencia que  Bollas (2000) enuncia en uno de sus trabajos más recientes:  “madre muerta, hijo muerto”.

Siguiendo esta línea revisemos la siguiente cita en el propio Green, en donde habla sobre el sujeto doliente: “(…) su amor (el del sujeto doliente)  sigue hipotecado para la madre muerta.El sujeto es rico, pero no puedo dar nada a pesar de su generosidad porque no dispone de su riqueza.” (Pág. 222, el subrayado es mío).  Esta  potencialidad detenida, esta riqueza no utilizable, es a mi entender una muestra clara de que el complejo de madre-muerta puede devenir en un objeto conservativo que en otro tiempo tal vez pueda ser utilizable, quizá en el tiempo del análisis.

3. Lo normótico

Lo normótico es para Bollas (1987), una afección que consiste en ser “anormalmente normal” y con ello quiere designar a cierto tipo de sujetos que, si bien pueden ser perfectamente eficaces y excelentemente operativos, su mundo subjetivo es prácticamente ausente. Esto recuerda a los “antianalizandos” descritos por McDougall (1993), esos pacientes robotizados en donde todo marcha bien, exceptuando claro está que no se sienten vivos. La afección “normótica” es, para Bollas, la enfermedad de la no-existencia, de la parálisis del “self”, de la eliminación de la actividad subjetiva. “Si la afección psicótica se caracteriza por una quiebra en la orientación hacia la realidad (…) la afección normótica se singulariza por una ruptura radical con la subjetividad” (pag.179).

De hecho,  el mismo Bollas en este texto ubica la   afección normótica  dentro de la “serie blanca” greeniana,  donde está el “duelo blanco” y el “bebé” producto de la madre muerta. Este bebé es el futuro paciente “normótico” que llegará al análisis para que le devuelvan su “anormalidad”.

4. Idioma humano y propio ser genuino

En su segundo libro (Fuerzas del destino, 1989)   Bollas postula que existe un instinto  de destino, que expresa la búsqueda de cada persona para entrar en su propio ser genuino, es decir para buscar su self  verdadero en el sentido winnicottiano. Este instinto  de destino es una forma de pulsión de vida cuyo camino dependerá de la capacidad del entorno para facilitar o no su potencial.

Siguiendo esta línea, este autor habla de un propio idioma humano, que no es otra cosa que la configuración de existir de cada sujeto, lo que define su esencia  y lo que lo hace “ser un personaje” distinto y único en su entorno. Siguiendo claramente a Winnicott, Bollas describe que es la madre la que con sus gestos espontáneos construirá junto con el infante este idioma humano que lo acompañará toda su vida. En el pensamiento de Bollas, el sujeto adulto buscará a lo largo de su vida objetos que se permitan ser “usados” para la expresión subjetiva de su mismidad. Este autor entiende el mundo objetal como un mundo potencialmente transformacionalizante, en el sentido de que los objetos están allí para poder ser vehículos de expresión de nuestro idioma humano.

En una obra más reciente  (The freudian moment, 2007) Bollas centra su atención en el planteamiento freudiano de la teoría de los sueños y sugiere que la concepción freudiana de la “formación del sueño” puede aplicarse muy bien a su forma de entender la vida diurna y en general a toda la vida psíquica. Así, por ejemplo, sabemos desde Freud (1900) que  un sueño se construye en parte a través del uso de algunos objetos diurnos que en la noche serán utilizables para formar un sueño, esto contiene la idea de resto diurno y figurabilidad psíquica que, junto con los principios de condensación y desplazamiento, son los pilares fundamentales de la teoría del sueño y de la formación del síntoma. Desde la óptica de Bollas, siguiendo en esto a Meltzer (1987) y a Ogden (2005) , la vida diurna también es una continua elección de objetos a “utilizar” para ir configurando un “sueño diurno” que no es otro que la experiencia de ser genuino en todo ser humano.

Bollas describe un mundo objetal “evocador” que puede potencializar fenómenos transformacionales,  en aquellas personas que se permiten ser más “lúdicas” y “libres”, lo que sería lo contrario del sujeto normótico. Pensando desde la lógica del heredero de la madre muerta, la capacidad de usar dichos objetos está detenida, paralizada, por lo que la “elección de objetos” está destinada más a fines “objetivos” que a fines “subjetivos”; dicho de otra manera e insistiendo en lo que se ha dicho, el doliente de la madre-muerta no ha podido aprender su idioma humano;  es, digamos, un analfabeto de su propio ser,  la letra muerta se ha impuesto en él y su análisis será una verdadera campaña de alfabetización, un curso para aprender a leerse y a escribirse.

5. Conclusión

Decía a modo de introducción que el encuentro analítico permite, por sus características, evocar experiencias de otros tiempos y, aún más, experiencias que no pudieron ser. Pienso que en el caso del paciente que padece del complejo de madre-muerta, el encuentro analítico buscará descongelar dos experiencias. El lograr tales experiencias determinará, a mi entender, el cambio psíquico buscado, para esto he utilizado dos metáforas a las que me referiré a continuación.

Primero: “Matar a la madre muerta”. A propósito de esto, Green menciona que el analista debe empeñarse en  darle a la  madre muerta su “segunda muerte” pero que ésta se defiende como “la hidra” que, una vez cortada su cabeza, aparecerán miles más. Esta alegoría da cuenta de lo difícil de la elaboración del duelo blanco, y de la tremenda resistencia a la que el analista se enfrentará. La clave para  Green y para  Bollas está en el enfrentamiento de la bestia ni más ni menos que en el  escenario transferencial. De este modo, por más absurdo que parezca, el paciente va a hacer todo lo posible para que el analista repita la historia de abandonarlo por otro objeto libidinalmente más atractivo y así repetir el trauma ahora con un  “analista muerto”.  Green describe que en transferencia son pacientes que generan un clima literalmente “frío”, distante, casi sepulcral, clima invernal  que está kilómetros de distancia del cálido ambiente histérico, por lo que el analista estará combatiendo continuamente su contratransferencia aletargada y  sus ganas –conscientes o no- de desligarse de su paciente. Creo que el término de contratransferencia “mortífera” de Ogden (2000) es muy oportuno para estos pacientes.  Si, a pesar de todo, el analista se mantiene en seguir vivo, la batalla se habrá ganado.

Segundo: “Revivir al hijo muerto”. Esta idea remite mas al trabajo de Bollas, que busca ante todo la apertura de  lo sabido no pensado y en esa línea gestar funciones no conocidas hasta entonces por el sujeto, pero que estaban “conservadas” en busca de un estímulo ambiental “suficientemente bueno” para desarrollarlas. El   renacimiento del hijo muerto implica  el resurgimiento de su idioma humano y su ser genuino; éste será el premio de la elaboración del duelo congelado y la reactivación del interés por el mundo objetal.  Un duelo elaborado es, ante todo, la reactivación de la economía libidinal, tal como Freud (1917) lo marcó cuando mencionó que la elaboración del duelo  implica la liberación de la esclavitud al objeto perdido y la búsqueda de nuevos objetos.

Para el sujeto sufriente del complejo de madre muerta, esta búsqueda nueva implica en primer término una reestructuración de la propia parte muerta y, secundariamente, la  búsqueda externa de objetos, al fin más vitales que mortuorios, mas lúdicos que rígidos, es decir, más susceptibles de evocar fenómenos transformacionales.

Notas: